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viernes, 21 de septiembre de 2012

Una broma entre gentileshombres.

Es asimismo buena manera de hacer burlas, en la cual también se pueden fundar gracias, cuando mostráis creer que uno quiere hacer una cosa, y en la verdad no quiere hacella, como estando yo una tarde, después de cenar, en la puente de Lyon, y andando allí burlando con Cesare Beccadello, comenzamos a trabarnos de los brazos como si quisiésemos luchar. Esto hacíamos porque nos parecía que en la puente no había nadie, y estando así acudieron dos franceses, los cuales, viéndonos tan revueltos, preguntaron qué era, y paráronse por ponernos en paz, pensando que reñíamos.


Yo entonces prestamente dixe: Ayudadme, señores, que este cuitado de hombre a ciertos tiempos de luna enloquece, y veis aquí agora como le ha tomado esta locura de quererse echar de la puente abaxo. Aquellos dos entonces arremetieron, y juntamente conmigo tomaron a Cesare, y teníanle muy asido, y él siempre volviéndose a mí, decíame que yo era loco y forcejeaba por descabullirse, los otros entonces teníanle más recio, de manera que comenzó a cargar mucha gente, y cuanto más el buen Cesare andaba dando de las manos y de los pies, porque ya estaba enojado, tanto más era la gente que acudía, y viendo todos la fuerza grande que él ponía por soltarse, tenían por determinado que todo aquello hacía por echarse al río, y por eso trababan más reciamente dél. Llegó la cosa a tanto, que al cabo muchos se juntaron para tomalle, y así cargando todos dél, le llevaron en peso al mesón, todo desbaratado y sin bonete, y amarillo de cólera y de vergüenza, que, en fin, no le aprovechó cosa que dixese, porque de una parte los franceses no le entendían, y de la otra yo también, ayudando a llevarle al mesón, andaba siempre doliéndome de su desdicha que así hubiese enloquecido.

Baldassare Castiglione, "El Cortesano", 1528.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Usando el Tarot.

En una riña de taberna (Copas), el misterioso compañero de viaje había decidido jugarse el cetro de la ciudad (As de Bastos). Terminada la pelea a garrotazos con el triunfo de nuestro hombre, "Ahora eres el amo de la Ciudad de los Muertos", le dijo el Desconocido, "Sabrás que has vencido al Príncipe de la Discontinuidad", y quitándose la máscara reveló su verdadero rostro (La Muerte), es decir, una calavera amarilla y roma.
Italo Calvino, "La Taberna De Los Destinos Cruzados".

El tarot ofrece, según Italo Calvino, "un número finito de elementos cuyas combinaciones ascienden a billones de billones", así que lo utilizó para escribir su volumen "El Castillo de los Destinos Cruzados"/"La Taberna de los Destinos Cruzados".

Las aplicaciones roleras son evidentes. Leo, sin buscar más, en el manual básico de Changeling el Ensueño (2ªEd, 1997) "Una carta del Tarot extraída al azar de su mazo puede sugerir una escena o símbolo para insertarlo en la historia. (...) Hacerlo sobre la marcha está sólo al alcance de los más experimentados o capaces de "improvisar", pero puede ser muy gratificante."

¿Pero cuántos de nosotros lo hemos hecho? ¿Y, sobre todo, ha sido un éxito? Tal vez no sea una idea apropiada para todos los juegos, pero seguro vale la pena intentarlo. ¿Y por qué no utilizarla previamente a la partida, para desarrollar la historia que los PJs van a vivir?

miércoles, 15 de junio de 2011

Toledo (01).


Luego, poco a poco fue cesando el ruido y la animación: Los vidrios de colores de las altas ojivas del palacio dejaron de brillar, atravesó entre los apiñados grupos la última cabalgata, la gente del pueblo, a su vez, comenzó a dispersarse en todas direcciones, perdiéndose entre las sombras del enmarañado laberinto de calles oscuras, estrechas y torcidas, y ya no turbaba el profundo silencio de la noche más que el grito lejano de vela de algún guerrero, el rumor de los pasos de algún curioso que se retiraba el último o el ruido que producían las albadas de algunas puertas al cerrarse, cuando en lo alto de la escalinata que conducía a la plataforma del palacio apareció un caballero, el cual, después de tender la vista por todos los lados, como buscando a alguien que debía esperarlo, descendió lentamente hacia la cuesta del alcázar, por la que se dirigió hacia el Zocodover.
Gustavo Adolfo Bécquer, "El Cristo de la Calavera".

miércoles, 4 de mayo de 2011

Historia del Fantasma de Bolonia.

Antonio de Torquemada (1507-1569) fue un autor español, sin ninguna relación con el padre don Tomás, pese al apellido, que se dedicó a obras muy variadas. Una de las más conocidas es su "Jardín de Flores Curiosas", escrito antes de 1568 y publicado postumamente en Salamanca, en el que nos explica numerosos asuntos relacionados tanto con la metafísica como con las ciencias naturales. Cuando sus personajes (pues la obra está escrita en forma de diálogos socráticos) se refieren a apariciones diabólicas y fantasmales, aprovecha la ocasión para narrarnos algunos verdaderos cuentos de fantasmas, seleccionados entre diversos casos de los que recibió verídica y fiel noticia.

Uno de ellos, que me sirve además para enlazar con algunos temas tratados en este Blog últimamente, cuenta por boca del sabio Bernardo lo que le sucedió al estudiante Juan Vázquez de Ayola cuando partió con dos compañeros a estudiar Derecho a la Universidad de Bolonia.


Historia del Fantasma de Bolonia.

De "Jardín de Flores Curiosas", Antonio de Torquemada, 1570.


Bernardo: Yo lo diré como me lo dijeron, y dícenme que en Bolonia y en España hay grandes testimonios de ello. Y fue así, que este Ayola, siendo mancebo, él y otros dos compañeros suyos españoles determinaron irse a estudiar Derechos en aquella Universidad, donde pensaban podrían aprovecharse, como otros muchos han hecho, y llegados a ella, no hallaban posada a donde cómodamente pudiesen estar para lo que tocaba a su estudio, y andándola buscando, toparon con unos tres o cuatro gentiles hombres bolonienses, a los cuales preguntaron si por ventura tenían noticia de alguna buena posada donde pudiesen acogerse, porque eran extranjeros y llegaban entonces de España. El uno de ellos les respondió que si querían una buena casa donde posasen, que él se la hacía dar sin que por ella les llevasen dineros, y entonces les señaló una casa principal y muy grande que en la misma calle estaba cerrada, diciendo que aquella les darían, y que no tuviesen de ello duda. Los españoles quedaron confusos, pareciéndoles que hacían escarnio de ellos, pero otro de los bolonienses les dijo:
"Este gentilhombre está burlando, porque sabed, señores, que aquella casa que dice, ha más de doce años que está cerrada, sin que ninguno se atreva a vivir en ella, y esto es por las visiones y fantasmas espantables que allí se han visto y se ven muchas veces, de manera que su propio dueño la ha dejado por perdida, y no hay persona que se atreva a quedar allí una noche".
El Ayola, oyendo lo que decía, respondió:
"Si no hay más que eso, dénos las llaves, que estos mis compañeros y yo viviremos en ella, venga lo que viniere."
Los bolonienses, viendo su determinación, le dijeron que si querían que les harían dar las llaves, y muchas gracias con ellas. Y hallándolos firmes en su determinación, se fueron con ellos a donde estaba el dueño de la casa, el cual, poniéndoles muchos temores, y viendo que se reían de lo que les decían, les abrió la casa, y aun les ayudó con algunas cosas de las necesarias para poderla habitar, y ellos buscaron lo demás que les faltaba, y así, tomaron sus aposentos, que salían a una sala principal, y una mujer de fuera de la casa les guisaba la comida, que dentro no hallaban quien se atreviese a servirlos. Todos los de Bolonia estaban a la mira de lo que sucedería a los españoles, los cuales se burlaban de ellos porque en más de treinta días ni vieron ni oyeron cosa ninguna, y tenían por muy cierto que era burla todo lo que les decían. Pero al fin de este tiempo, habiéndose acostado una noche los dos y estando durmiendo, el Ayola se quedó estudiando, y se descuidó hasta que ya era media noche, y a esta hora oyó un gran estruendo y ruido, que parecía de muchas cadenas que se meneaban, y alterándose algo, dijo entre sí:
"Sin duda alguna, éstas deben ser las visiones que dicen haber en esta casa."
Y estuvo determinado de ir a despertar a sus compañeros, y queriendo hacerlo, parecióle que parecería falta de ánimo, y que lo mejor sería que él solo fuese a ver lo que era, y escuchando más atentamente, entendió que el ruido de las cadenas venía por la escalera principal de la casa, que salía a unos corredores fronteros de la sala, y encomendándose a Dios muy de corazón, y santiguándose varias veces, tomó una espada y una rodela, y en la otra mano el candelero con la vela encendida, y de esta manera salió y se puso en medio de la sala, porque las cadenas, aunque era grande el estruendo que hacían, parecían venir muy despacio. Y estando así, vio asomar por la puerta de la escalera una visión espantosa y que le hizo repeluznar los cabellos y erizar todo el cuerpo, porque era un cuerpo de hombre grande, que traía sólo los huesos compuestos, sin carne alguna, como se pinta la muerte, y por las piernas y alrededor del cuerpo venía atado con aquellas cadenas que traía arrastrando, y parándose, estuvieron quedos el uno y el otro, mirándose un poco, y cobrando Ayola algún ánimo con ver que aquella visión no se movía, la comenzó a conjurar con las mejores palabras y más santas que el temor le dió lugar, para que le dijese qué era lo que quería o buscaba, y si le había menester alguna cosa, que, como él lo entendiese, no faltaría punto de todo lo que fuese en su mano. La visión puso los brazos en cruz, y mostrando agradecerle lo que le decía, parecía que se le encomendaba. Ayola le tornó a decir que si quería que fuese con ella a alguna parte, que se lo dijese, la visión bajó la cabeza y señalole la escalera por donde había venido. El Ayola le dijo:
"Pues anda, comienza a caminar, que yo te seguiré adonde quieras que quisieres."
Y con esto, la visión comenzó a volverse por donde había venido, yendo de mucho espacio, porque las cadenas no la dejaban andar más aprisa. Ayola la siguió, y llegando al medio de la escalera, o porque viniese algún viento, o que turbado de verse solo en tal compañía la vela topase en alguna cosa, se le mató, y entonces es de creer que su turbación y espanto serían muy mayor, pero esforzándose cuanto pudo, dijo:
"Ya ves que la vela se me ha muerto, yo vuelvo a encenderla: Si tú me esperas aquí, yo volveré luego."
Y con esto se fue para donde el fuego estaba, y encendiola, y dio la vuelta, y halló la visión en el mismo lugar donde la había dejado, y caminando el uno y el otro, pasaron toda la casa y llegaron a un corral, y de ahí a una huerta grande, en la cual la visión entró, y Ayola tras ella, y porque en medio estaba un pozo, temió que la visión volviendo a él le hiciese algún daño, y parose, pero la visión, volviendo a él, le hizo señas que fuese hacia una parte de la huerta, y así, caminando ambos juntos, ya que estaban casi en medio de ella, la visión, súbitamente, desapareció. El Ayola, quedando solo, comenzó a llamarla y conjurarla, haciendo grandes protestaciones que viese si quería de él alguna cosa, que estaba aparejado para cumplirla, y que por él no quedaría, y aunque estuvo un poco esperando, como no la pudo ver más, se volvió y despertó a sus compañeros, que estaban durmiendo, los cuales le vieron tan alterado y mudada la color, que pensaron que se le acababa la vida, y esforzándole con darle de una conserva que comiese y bebiese un poco de vino, le hicieron acostar y le preguntaron qué había. Él les contó todo lo que por él pasara, rogándoles que no dijesen cosa ninguna, porque no serían creídos. Y como éstas son cosas que pueden mal encubrirse, alguno de ellos lo dijo en alguna parte, que fue causa de publicarse por toda la ciudad, de manera que vino a oídos del Gobernador, el cual quiso averiguar la verdad, y debajo de muy solemne juramento mandó a Ayola que declarase todo lo que había visto. Él lo hizo así diciendo la verdad de ello. El Gobernador le preguntó si atinaría a la parte donde la visión le había desaparecido. Ayola le dijo que sí, porque como la huerta estaba llena de hierba, él había arrancado cinco o seis puños de ella y los había dejado allí por señal. El Gobernador y otros muchos que allí estaban lo fueron a ver, y hallando un montoncillo hecho de la hierba, sin quitarse de allí, hizo venir a algunos hombres con azadones y les mandó que comenzasen a cavar para abajo, por ver si allí descubrían algún secreto, y no hubieron ahondado mucho, cuando encontraron allí una sepultura, y en ella la misma visión con todas las señas que Ayola había declarado, lo cual fue causa de que se le diese verdadero crédito de todo lo que había contado, y queriendo entender qué cuerpo era aquel que con aquellas cadenas estaba allí sepultado, y con mayor estatura que ninguna de la común de los otros hombres, no se halló quien supiese dar razón de ello, aunque se contaron algunos cuentos antiguos de los antecesores del dueño de aquella casa. El Gobernador hizo luego llevarlo y sepultarlo en una iglesia y de allí en adelante no se vieron ni oyeron más las visiones y estruendo que solían. El Ayola se volvió en España, y según me han certificado, por ser buen letrado, fue proveído de oficios reales, y no ha mucho que un hijo suyo servía en un corregimiento de una ciudad muy principal.

jueves, 7 de abril de 2011

Los estudiantes de Praga.

Los secretos eran y estaban bien guardados. Según decían, los secretos estaban depositados en Praga, ciudad que era, por excelencia, el emporio de lo mágico y lo secreto. Allá marcharon, por los caminos revueltos de la Europa del quinientos tres, mozos gentiles y andadores y deseosos de lo oculto. Estos mozos se llamaban Johannes Faust, bachiller (...), Theophrastus Bombastus, llamado Paracelso, y Cornelius Agrippa. Los tres querían convertirse en magos y, para ello, estaban dispuestos a someterse a las más duras pruebas y seguir las más rigurosas disciplinas. Cuando llegaron a Praga en una melancólica tarde de Octubre, lo primero que hicieron fue visitar la catedral de Sant Veit, en donde se hallaba la tumba de San Juan Nepomuceno (...). Después, ajustándose sus gorras coloradas y alegremente rematadas con cintillas y plumas de faisán, contemplaron, desde el puente ornamentado con las estatuas de los santos, el curso remansado y ancho del Vlatava.

En Praga, los tres estudiantes aprendieron mucho del abate Tritheim, que fue discípulo de Alberto el grande. Tritheim, autor de la "Poligraphia Cabbalistica" y hombre de palabra aflautada, les dijo una vez:

-Al vulgo habladle siempre de cosas vulgares. Guardad para vuestros amigos el secreto de un orden más alto. Dad alfalfa a los bueyes y azúcar a los loros. Si no comprendéis lo que os quiero decir, seréis, como tan a menudo acontece, pisoteados por los bueyes.
Joan Perucho, "El Secreto de los Magos", introducción a su edición del "Diccionario Infernal" de Collin de Plancy.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

El Ajedrez Mágico.

Lucas van Leyden, "Los Jugadores de Ajedrez", 1508.


Cuenta la leyenda que cuando hacia el año Mil el caballero Arnau Mir de Tost de Muntán conquistó a los musulmanes el castillo de Ager, encontró entre los más valiosos tesoros un ajedrez tallado en cristal de cuarzo, cuyas piezas estaban tan primorosamente trabajadas que cada una de ellas era una obra de arte. El ajedrez pasó a engrosar la lista de tesoros de la casa Condal de Urgell, con la cual estaba emparentado Arnau Mir, y posteriormente (siglo XIII) pasó a engrosar el inventario de bienes de los Comtes-Reis de la Casa de Barcelona. Según parece fue Pere el Ceremoniós (aficionado a la astrología y posiblemente a la magia) el cual descubrió que las piezas del ajedrez eran en realidad poderosos amuletos mágicos, los cuales otorgaban diferentes poderes a su portador:

El Rey otorgaba el poder material. Aquel que poseyera los dos reyes nunca sería desobedecido ni traicionado por ningún portador del resto de las piezas.

La Reina otorgaba el poder diplomático. Quien la llevara consigo sería especialmente convincente y elocuente.

La Torre garantizaba a su portador una muy buena salud y una rápida curación en caso de ser herido.

El Caballo aseguraba la rapidez de su portador en cualquier viaje que llevara a cabo.

El Alfil otorgaba un gran poder de seducción hacia miembros del sexo opuesto al de su portador.

Los Peones garantizaban que aquel que los llevara obedecería, ciega e inconscientemente, las órdenes y deseos del portador de la figura del Rey.

Según parece Pere el Ceremoniós hizo uso y abuso de los poderes del ajedrez, repartiendo las piezas entre sus agentes más audaces, y logrando así sus grandes triunfos en el campo de la intriga y la diplomacia. Tuvo la precaución, no obstante, de guardar para sí las piezas del rey blanco y el negro, para evitar posibles traiciones.

Tal uso hizo que, inevitablemente, las piezas se fueran perdiendo una a una, borrándose la pista de las últimas tras la muerte de Martín el Humano (1410).
Ricard Ibáñez, "Dracs", suplemento para "Aquelarre", Editorial Joc Internacional, 1994.

Un relato sumamente inspirador (y el enésimo saqueo al señor Ibáñez). Las piezas, o al menos las que queden de ellas, pueden formar como conjunto parte importante de una partida breve o extensa, o ser si sólo aparecen una o dos ese elemento fantástico que aporte color a una trama más mundana y que no tenga nada que ver, de entrada, con un ajedrez mágico. Que el rastro del ajedrez se perdiera en 1410 no quiere decir que ya no exista: Aunque algunas de las piezas podrían haberse roto o perdido para siempre, después de un siglo o más las restantes podrían estar, simplemente, desperdigadas por el mundo y en manos de personas que no conozcan necesariamente sus poderes. También puede que quisieramos tener en cuenta no sólo las piezas, sino también el tablero. ¿Aún existe? El autor no parece concederle importancia, pero... ¿Posee, o poseía, alguna secreta virtud?

martes, 26 de octubre de 2010

La historia de los Hashashins.

A continuación un pequeño relato proveniente de "La Casa Dorada de Samarkanda" de Hugo Pratt, cómic al que ya me he referido en la entrada anterior. Es una narración de la leyenda medieval de la Secta de los Hashashins o Asesinos, bastante diferente del relato habitual de fanatismo religioso, más mundana y sin embargo más evocadora de lugares y tiempos raros, desconcertantes.

Más al Sur en las montañas, hace mucho tiempo, vivía un pueblo de sarracenos: Los hashashins en su idioma, "señores de la montaña" en el de los latinos. Ese pueblo vivía sin ley: Se alimentaban de carne de cerdo, en contra del Corán, y los hombres usaban a todas sus mujeres sin distinción, madres y hermanas incluidas...

En esas montañas estaban a salvo de sus enemigos, atrincherados en sus castillos fortificados. Su líder inspiraba un enorme temor entre los príncipes sarracenos, tanto cercanos como lejanos, y a los señores cristianos de las fronteras. Todo, porque los mataba de un modo muy particular...

Ese líder, de nombre Aloadín, había hecho cerrar entre dos montañas un valle llamado Alamuth, y lo transformó en un jardín maravilloso de espléndidos palacios, con fuentes de vino, leche y miel. Allí, mujeres hermosas tocaban música, bailaban y cultivaban todas las artes del amor...

En esa especie de paraíso, sólo podían entrar los que él quería convertir en "hashashins". Buscaba en sus territorios jóvenes de doce a veinte años a los que les gustasen las armas y los llevaba hasta el jardín. Después de hacerlos beber y fumar ciertas hierbas, los dejaba con las mujeres más bellas que aplacaban todos sus deseos, de manera que jamás se hubieran marchado de allí por voluntad propia.

Pero el viejo Aloadín hacía que volvieran a beber y a fumar, y los llevaba fuera del valle. Cuando despertaban, estaban dispuestos a todo con tal de volver a su sueño. Así que entraban en esa secta de criminales llamados "asesinos", fumadores de hachís.

Cuando el viejo quería que matasen a un príncipe cualquiera, le decía a uno de los jóvenes: "Ve y mata a ese hombre. Cuando regreses podrás volver a nuestro paraíso". Y por ese paraíso arrostraban todos los preligros. Infundía tal pavor en sus enemigos, que preferían pagarle un tributo al "Viejo". Y así vivía rico y tranquilo.

(...) Llegaron testimonios sobre la presencia de la secta de los Asesinos en 1170, de un tal Gerardus, "vice dominus" de Estrasburgo, enviado de Barbarroja, en 1273 de Arnaldo de Lubecque, de Marco Polo, el veneciano, veinte años después de que los mongoles destruyeran "Aluh Mut", el Nido del Águila, y los Asesinos se dispersaran por las montañas del Azerbayán, persa y ruso. Así terminó esa especie de Mano Negra Persa...
¿Porqué incluir aquí este relato, si sus acontecimientos están fechados entre el siglo XII y el XIV? Primero, por la propia admiración por la leyenda que está detrás de FUDGE Feldkirch me lo pide. Y segundo, y más importante, por algo que sucede en "La Casa Dorada de Samarkanda" cuando se termina de narrar esta historia, y que espero no suponga un spoiler para vosotros: La Secta de los Asesinos desapareció en la Edad Media, pero algunos tratan de resucitarla mucho tiempo después, llamándose a sí mismos por ese nombre y aspirando a recuperar sus viejos dominios.

¿Y si no fuera la primera vez que eso sucede, a lo largo de la Historia? ¿Y si después de 1500, en el Levante, comenzaran a producirse asesinatos y muertes como aquellas que ordenaba el Viejo de la Montaña, y un grupo misterioso reclamara un rescate por cesar en su campaña? ¿Hasta donde estará dispuesto a llegar tal grupo? ¿Tendrá que ver esta nueva Secta con aquella también temible de la Luna Negra? ¿O serán dos grupos distintos, incluso enemistados? ¿Dónde se encuentra su nueva guarida? Ideas todas estas que podrían utilizarse en una partida puramente de Capa y Espada, de gran aventura.

miércoles, 23 de junio de 2010

El Monje Laskaris.

Reproduzco a continuación y a modo de relato un fragmento de "El Monje Laskaris", de Gustav Meyrink. Aunque no está ambientado en la época elegida para FUDGE Feldkirch, en el caso concreto de esta escena si los nombres de los personajes históricos que se mencionan fueran otros, podría estarlo.

Creo que es un buen ejemplo de la utilización de ese tipo de recursos en una historia, y del tono que crean por sí mismos. Probablemente podamos llevarnos al Rol alguna idea.


El Monje Laskaris (Fragmento).

Gustav Meyrink, 1925.


En un cuarto junto al laboratorio ya estaba dispuesta la comida en una negra mesa de roble. Jarras de zinc, rellenas de vino húngaro, emanaban un fuerte aroma, y cuando Ignacio levantó la tapa de una fuente de barro, se elevó el humo de un jugoso muslo de ciervo. Pan blanco y negro se había distribuido a lo largo de la mesa. Por lo demás, los cubiertos no ofrecían ningún estímulo a los ojos ni al paladar. Los cuchillos eran de hierro y desgastados por el frecuente uso, las pocas cucharas eran de latón y los platos de barro estaban dañados y rotos. Era evidente que allí no se le daba mucho valor a las apariencias de este mundo. Pese a ello, los huéspedes gozaron de una agradable comida. Poco después, Ignacio salió del comedor y el maestro y el discípulo quedaron a solas.
Durante un rato callaron los dos y a menudo don Caetano levantó el vaso de zinc con el fogoso vino de Hungría y lo volvió a dejar en silencio sobre la mesa. Al final ese silencio le resultó opresivo y como el vino ya le calentaba las mejillas, se reclinó con comodidad en la silla y comenzó a contar sus aventuras con enorme satisfacción.
-Quién habría podido pensar que me esperaban tantos honores y tantas distinciones cuando os abandoné hace ocho años en Nápoles, querido Laskaris. He atravesado Francia e Italia, a través de los Pirineos peligrosos senderos me han llevado hasta España, siempre digna de admiración, donde una vez tuvo el sabio Oriente su vanguardia en Europa. Sabemos con qué tesoros de oro y sabiduría contaban los moros y se nos ha transmitido qué grandes maestros investigaron y enseñaron en las escuelas subterráneas el secreto del magisterio. No todas esas escuelas han desaparecido. Os aseguro, Laskaris, que en España nunca ha llegado a perderse el conocimiento de los adeptos. También yo logré encontrar allí el secreto de nuestro arte y desvelar el curso del proceso. Yo –y aquí la voz de don Caetano sonó enigmática, pero superó con cierto ímpetu sus dudas-, yo transformé en Madrid, ante los ojos de las Majestades y de sus Grandes, tanto plata como cobre en oro de ley.
-¡Vamos, venga ya! – Interrumpió Laskaris el arrogante discurso-. ¿Lo hicisteis de verdad?
Lo ojos intranquilos y erráticos del italiano no lograron mantener la mirada del griego. Tragó con fuerza de su vaso y lo posó con violencia en la mesa.
-¿Laskaris, me acusáis de mentiroso? Os lo digo, tengo cientos de testigos. El Príncipe Elector Max Emanuel me llamó a Bruselas porque la fama de mi sabiduría había llegado hasta él. Abandoné España y me recibieron en Bruselas como a un príncipe.
-Os nombró –interrumpió Laskaris con sequedad el nuevo torrente de palabras- comandante de un regimiento, gobernador de su capital, más aún, os nombró incluso Mariscal de Campo. Pero pienso que nada de eso os iba mucho. ¡Hay que reconocer que sois un muy raro santo! Cuando en la campagna de Apulia, en vez del bastón de mariscal, cogíais el de pastor…
El italiano interrumpió con una actitud displicente y un gesto pomposo a su maestro, hizo como si no entendiera la broma: Con una mueca de indiferencia e impasible arrogancia continuó.
-No se les ha concedido a todos mantenerse cuidadosamente en la mediocridad. Mi estrella luce y quién podría atreverse a predecir cuan alto en el cielo aún será capaz de subir.
-Cierto, cierto –se burló el griego a media voz-. Cuando se acabó la tintura que os di para el camino, os quedasteis a dos velas. El Príncipe Elector, por lo que he oído, se puso bastante furioso, pues se trataba de ir sacando semilla a semilla, cuando lo que había querido era recoger cosecha tras cosecha. Quiero decir, don Caetano, que en breve habríais llegado a la cúspide de vuestra carrera si mis mensajeros no os hubieran sacado del apuro en el momento oportuno. Con seguridad hubierais sucumbido tanto vos como vuestra estrella. Tened siempre presente que sigue siendo peligroso el juego con el medidor de leguas.
Con un enojo apenas contenido y mientras se esforzaba por suavizar la expresión de sus rasgos y moderar el tono de su voz, don Caetano, tras otro trago, volvió a hablar:
-No creáis que he olvidado lo que os tengo que agradecer, Laskaris, y precisamente ahora es posible que os necesite con más urgencia que nunca. Pues el emperador Leopold me ha llamado a Viena y yo espero, querido Laskaris, que no me dejéis en la estacada.
El italiano puso con ruda confianza su mano sobre la del griego y le lanzó una mirada al rostro, turbia por el vino y tan descarada como suplicante.
Laskaris se levantó de la mesa y dijo con frialdad y severidad:
-No comprendo lo que me decís. Me pareció entender que queríais descansar unos días en este tranquilo refugio de las consecuencias de vuestro descaro. (…)
El italiano se llevó la mano a su puñal, mientras sus ojos reflejaban ira, odio y miedo.
-Dejadlo donde está –dijo Laskaris con desprecio- y por lo demás, oíd mi última palabra: Tal vez fuerais un buen pastor de cabras, es posible que también seáis un buen bandido, sobre todo cuando veis la espalda de vuestra víctima, pero con toda seguridad sois un miserable alquimista y un traidor a la obra. ¡Don Dominico Manuel Caetano, conde de Ruggiero!
El griego se rió en un tono ofensivo, y esta risa provocó a don Caetano una ira demencial. Sus dientes rechinaron y echó una mirada al burlón que a cualquier otro habría espantado: Laskaris, sin embargo, miró a los ojos al italiano con afable arrogancia y continuó:
-Vuestra forma de sentir y de manifestaros es enteramente digna de ese peligroso entorno y de esas atrevidas relaciones en las que tan bien os encontráis. Renunciad a esa ferocidad aventurera y permitidme que os dé un consejo, si no, no llegaréis nunca a nada: Mirad siempre al hombre con el que tratáis y dirigid según ello vuestro comportamiento. Eso es lo mínimo que os manda la prudencia. Pero es tarde, y el Negro Ignacio ya hará tiempo que ha preparado nuestros aposentos. Venid pues, don Caetano, mientras estéis aquí compartiremos dormitorio, en esta torre no hay otro.
Una vez más miró Laskaris con cierto tono burlón al rostro del peligroso compañero. Tomó una de las velas que ardían en la mesa e iluminó la estrecha escalera a su huésped.
La habitación en la que entraron era octogonal y parecía ocupar la entera superficie de la torre. En el muro había una ventana y a ambos lados se alzaban dos masivas camas cuya estructura era de madera de roble y que a causa de los doseles, que se abombaban sobre ellas, parecían formar cada una por sí misma una habitación independiente. En medio de la habitación colgaba de un gancho del techo una lámpara de plata cuya luz difundía una suave claridad.
Don Caetano arrojó miradas intranquilas a su alrededor cuando en silencio se comenzaron a quitar las capas. Por fin dijo algo inquieto:
-Señor, preferiría dormir en el patio o, mejor, en pleno bosque, antes que en este sitio, cuyas salidas desconozco. Así que si os place…
-¡Oh! –replicó el griego con una sonrisa despreocupada-. Toda nuestra tierra es un lugar cuyas salidas desconocemos. ¡Y uno duerme tan cómodamente en ella! Pero si eso os tranquiliza, os diré que para aventureros que portan en su escudo el peligro, esa ventana ofrece un camino muy cómodo para escabullirse. Se abre fácilmente y desde ella se puede saltar al patio, aunque ya abajo la puerta cerrada y el muro puedan dificultar la salida.
-El muro -dijo don Caetano alargando la palabra con actitud pensativa-… Si no me equivoco, cuando entré en el castillo con la penumbra del crepúsculo, me fijé en que la muralla sólo se alzaba en tres lados. Pero donde está la fuente y los arbustos impiden la vista, el muro parece derruido, de tal modo que desaparece tras los arbustos.
-Así lo parece –dijo Laskaris con sequedad. A continuación sacó de su bolsillo, como por casualidad, una botella ventruda que parecía llena de una rara masa luminosa, y la colocó sobre las prendas de vestir con las que había cubierto un sillón junto a la cama al desvestirse. También Caetano había comenzado a quitarse lentamente la ropa. Mientras lo hacía silbaba en voz baja y hacía como si no prestara atención a su compañero de cuarto. Sin embargo, no se le había escapado ningún movimiento del griego y miró con auténticos ojos de tigre ese enigmático frasco, cuya forma y contenido le eran de sobra conocidos. Poseer esa redoma suponía la quintaesencia de sus deseos más codiciosos, y ninguna impiedad podía detenerle para lograr su posesión si se le ofrecía la posibilidad de ello.
Don Caetano se sentaba al borde de su cama, los pesados cortinajes arrojaban una profunda sombra sobre su figura. Con una torpeza casi ridícula adoptó el falso tono de una untuosa ingenuidad y dijo:
-Y si fuera necesario, pues quién puede saber los extraños acontecimientos que pueden acaecer en la vida, si fuera necesario, digo, que uno de nosotros, aventureros, tuviera que buscar inesperadamente la salida… ¿No es un salto temerario? Pues me parece… Creo recordar que el patio está empedrado con guijarros puntiagudos.
-¡Al diablo, señor! –exclamó Laskaris con impaciencia, mientras se arrojaba en la cama provocando un fuerte crujido-. ¿No veis los gruesos cordones en los cortinajes de la cama? ¡Ya lo sabéis! (…) Y ahora dormid… ¡No me molestéis más!
Laskaris apoyó audiblemente la cabeza en la almohada y tanto la voz como su figura desaparecieron bajo los suaves cobertores de plumas.
El rostro oliváceo del italiano miró tenso y con fijeza a los cortinajes de su cama. Parecía haberse quedado petrificado mientras cavilaba. Por fin también él apagó su vela y se estiró en silencio en su lecho.
Había transcurrido más de una hora cuando el italiano se agitó en la cama. El aventurero se incorporó con precaución y susurró:
-¿No oís nada, señor?
No hubo ninguna respuesta que no fuera el rumor del viento nocturno en el exterior. En el silencio se podía escuchar con claridad la sosegada respiración procedente de la otra cama.
-¿Dormís? –preguntó en voz más alta el italiano, y por tercera vez, con precaución, y en un tono aún más elevado, añadió:
-¿No lo oís, Laskaris?
Pero el griego se dio la vuelta con un murmullo de somnolencia y pronto volvió a emitir la sosegada respiración de un durmiente.
Don Caetano se levantó sin hacer ruido, se acercó a la ventana y la abrió con silenciosa habilidad. Se asomó por ella y miró hacia el oscuro patio. A su mirada penetrante y atenta no se le escapó nada. Era una noche tenebrosa, y ya a poca distancia la oscuridad resultaba impenetrable. Un profundo silencio rodeaba la torre y los muros. Parecía que todo se ajustaba a la descripción de Laskaris. Caetano dejó entornada la ventana, desató el cordón que sujetaba los cortinajes y que pendían del dosel de su cama, regresó a la ventana y ató uno de los cabos en el crucero de la ventana, no sin haber comprobado antes su solidez y resistencia.
A continuación se deslizó en silencio y con la agilidad de un depredador hacia la cama de su compañero de cuarto, comprobó la situación del durmiente con mirada experta, apagó la lámpara que colgaba del techo con un atinado y brusco soplido y lanzó uno, dos, tres golpes bajo el cortinaje en el pecho del durmiente. Caetano estaba seguro de que su hoja jamás fallaba.
Enseguida resonó un gemido en la habitación, al que siguió un silencio sepulcral.
Maledetto! –gritó el italiano en un tono triunfal-. ¡El bandido se ha vengado!
Examinó el puñal en su mano. Estaba húmedo y pegajoso de sangre. En la oscuridad era imposible constatar más y, además, resultaba innecesario. La costumbre y un excelente sentido de la orientación hicieron que sólo tanteara unos segundos antes de encontrar el frasco que, sin dilación, estrechó con ardor contra su pecho y sus labios. Metió el puñal en su vaina, cogió la capa y el sombrero y escapó por la ventana. Con ayuda del cordón alcanzó el patio sin hacer ruido.
Pero apenas habían tocado sus pies el suelo, cuando Markus comenzó a ladrar con furia, y tuvo sólo el tiempo preciso para atravesar el patio a toda prisa, esconderse tras la fuente y con un enérgico salto precipitarse en los arbustos, mientras ya brillaba la llama de una antorcha en la entrada de la torre y el Negro Ignacio se apresuraba a salir con sus ayudantes.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Praga (01).

Praga (...) era el intrincado refugio de los cabalistas, de los astrólogos y de los místicos. Los gitanos habían llevado allí las más vieja de las ciencias, cuyo origen exacto se ignoraba. El vampirismo, el ocultismo, la alquimia, la nigromancia, los tarots y, sobre todo, la vieja magia negra eran los frutos de esa ciudad de calles estrechas, rodeada de bosques. A ella venían los buhoneros a reaprovisionar sus hatos de esos libritos de irregulares caracteres de imprenta, adornados con grabados en madera que representaban diablos con el rabo bajo el brazo mirando al sesgo a quien los cojuraba. Encontrábanse igualmente en esos libros las respectivas marcas de esos diablos menores, la forma de trazar los dobles círculos mágicos, el dibujo de la mano de gloria con una vela de sebo de ahorcado que permitiría al ladrón alumbrarse y, a un tiempo, tornarse invisible.
La inmensa ciencia maldita lo invadía todo. Se desbordaba de las prensas de madera de las primeras imprentas. Y, a través de los bosques de abetos, por puertos de montaña y llanuras, escapaban hacia otros países "El Enchiridion" del papa León, "El Grimorio" del papa Honorio, "El Alberto Magno", "La Gallina Negra" y "La Vera Clavícula de Salomón" de los bíblicos prefacios, que evocaban las dudhaïms de los linderos de los trigales de Palestina, gracias a las cuales Lea se enamoró de Jacob y le dio un hijo.

Valentine Penrose, "La Condesa Sangrienta".

martes, 16 de febrero de 2010

El homúnculo.

Hieronymus de Toit (...) conocía bien el versículo sagrado: "Y Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida"...

Aquel versículo era su estrella guía. (...) Le gustaba aquel fragmento del Génesis. Reflejaba, de forma elegante y concisa, la obra de su vida hasta el momento.
El patrón fundamental de la Creación siempre había estado claro para él: Todas las especies apuntaban hacia arriba, hacia lo divino. Tan sencilamente como las palabras del Génesis, exponían de forma profunda y vibrante la naturaleza de la Creación. Las criaturas de las aguas, las bestias del campo, las aves del aire, las flores de la tierra... Todo tenía lugar en los estratos del plan divino.

Sin embargo, la Creación no se había detenido al séptimo día. Continuaba a lo largo de los siglos, construyendo y arrasando civilizaciones antaño consideradas inmortales: Egipto, Grecia, Roma... La humanidad existía como un perpetuo trabajo en progreso, esforzándose por alcanzar el más alto y elevado estado del ser.

Hieronymus consagró su obra a ayudar a su especie a alcanzar ese estado superior. En concreto pasó innumerables noches esforzándose por recuperar la forma pura de la humanidad, los incorruptos e incorruptibles compuestos y energías que modelaban la existencia de los primeros seres humanos. Sabía lo que significaría el éxito: Una raza libre de las tristes cicatrices de un mundo caprichoso. Los ciegos verían de nuevo, los sordos oirían, los tullidos bailarían... Todo gracias a los poderes rejuvenecedores de la creación de de Toit.


Mientras se acercaba la hora, de Toit observó la forma inerte en el crisol de tamaño humano que era la pieza central de su laboratorio. Extrajo los sellos finales y recitó cuidadoseamente las palabras del último hechizo. Su cuerpo tembló al recibir la corriente de lo que parecía un centenar de relámpagos atravesándole y electrificando el crisol. La sala se agitó con la fuerza de una tempestad, rompiendo frascos y volcando recipientes llenos de extraños compuestos...

La tormenta se desvaneció tan rápido como había llegado. Recuperándose poco a poco, de Toit se acercó al gran contenedor, temiendo que el hechizo hubiese fallado. Le sorprendió un súbito movimiento en el interior. Una mano, una mano humana, salía sobre el borde del crisol. Hyeronimus retrocedió fascinado mientras su creación emergía del fondo del recipiente.

La forma humana era igual a la de de Toit, pues su magia se había concentrado lo suficiente como para duplicar sus facciones con exactitud. La criatura giró la cabeza rígidamente, sus ojos acostumbrándose al laboratorio, hasta que se fijó en de Toit.

De pronto, la criatura empezó a temblar sin poder controlarlo, como si sufriese un ataque epiléptico. Hyeronimus sintió que le recorría una intensa oleada de náuseas. Algo iba mal. Los temblores aumentaban, y la criatura cayó sobre el crisol y el duro suelo d epiedra. Se arrastró hacia de Toit. Éste quería escapar, pero la sensación de malestar ultraterreno era demasiado fuerte. Cayó a su vez a cuatro patas, su cabeza girando con la consciencia de que había cruzado alguna gran línea prohibida.

Súbitamente, ambos se encontraron cara a cara. El hombre mortal tragó dolorosamente cuando vió que todo en la mirada del ser expresaba la locura de su experimento. Hyeronimus quedó atrapado por los mismos temblores de la criatura, toda su estructura intentando separarse y acabar con el sufrimiento. Fue demasiado para él. Cuando la vida abandonó a de Toit, su criatura cayó también sobre el frío suelo, diolviéndose en polvo.


Un relatillo aparecido en un suplemento del juego Changelling: El Ensueño, del que desconozco el autor. Le encuentro un sabor inusual a cuento gótico, en el que un par de autorreferencias a la factoría White Wolf (Que solían ser habituales en sus productos) chirriaban... Libre de ellas, tal como lo subo, me parece susceptible de tener lugar en alguna de nuestras partidas. También el final... El dibujo es parte de una viñeta por el dibujante Guy Davis.

jueves, 4 de febrero de 2010

Viena (02).

Existen aún en Viena tiendas de ésas donde se venden cosas extraordinarias: Estatuillas en forma de momias tendidas en minúsculos sarcófagos, amuletos colgados entre los collares de granates y topacios, montados en cadenas de plata o engastados en el oro más fino, o también corazones de madréporas lívidos y salpicados de manchas, y otros hechos con esa espuma de mar blanca que contiene algo que se asemeja a gotas de sangre.


Otros corazones de jaspe, también sanguinolento, perforados en ocasiones, y que habían hecho morir a alguien. Ágatas, dientes y garras de animales salvajes y el fascinante, duro diente de tiburón que se supone que nace donde cae el rayo, en la tierra o en el agua. Pues se pensaba que estos dientes fósiles los producía la propia tierra. Plinio había creído que caían del cielo durante los eclipses de Luna, esa Luna que gobierna el mundo de los venenos. Aquellas piedras recibían el nombre de ceraunias o piedras de rayo: Tardaban un tiempo infinito en volver a la superficie donde se habían hundido bajo forma, se decía, de hacha o de flecha de jade verdoso. Se encontraban allí concreciones que no pertenecían al mundo mineral, como esas alectorias que se forman en el hígado de los gallos viejos y una piedrecilla hueca que tenía grabada una especie de ojo que era una batracita.

Valentine Penrose, "La Condesa Sangrienta".

miércoles, 3 de febrero de 2010

Viena (01).

Existe en Viena una casa llena de cuernos de animales. Está situada en la angosta Schulerstrasse, una de las calles más viejas de la ciudad, que baja hasta el baluarte de los dominicos y, luego, hasta el puente, cruzando el brazo del Danubio que rodeó desde siempre el norte y el Este de Viena.
Detrás de esa rara casa se agazapa una especie de fortaleza horadada por muchas puertecillas, una mole oscura y altanera constituida por casas encajadas unas en otras, con muros de dos o tres metros de espesor, y cuyos blasones recuerdan el pasado más lejano de la ciudad. Con sus contrafuertes de piedra gris, sus altos mojones caídos, que yacen acá y acullá, apoyados en las murallas (Algunos son de tiempos de los romanos), sus verjas de hierro ecotado, sus adoquines cuadrados, una reguera en el centro, una sombra fría, se trata de la Blutgasse, la "callejuela de la sangre". Toda esa fachada de la casa de los cuernos saturnianos está inmersa en una densa atmósfera de pasiones, de asesinatos y de fantasmas. Trampillas y escaleras dan a los patios: Una lámpara arde en un altar que aún lleva una cruz de Malta, una lámpara como para apartar los sortilegios, al fondo, con flores y una imagen de la Virgen. Pero los siete patios fríos, rodeados por escaleras de piedra y corredores abovedados como claustros, parecen inaccesibles a todo arrepentimiento de aquello que presenciaron.


Vista de Viena del Schedelsche Weltchronik, 1492.


(...) Cuando la casa de los cuernos era aún un beneficio eclesiástico, era la poderosa Orden del Temple la que tenía allí su corte, su sede y su santuario. En los subterráneos se yerguen aún, a lo largo de los muros, tapas de sarcófagos donde la Cruz, esculpida en piedra, se encuentra encima de la efigie del Pilar de la Orden: La cruz de los Templarios, que no es ni ancorada ni resarcelada, sino que desciende de la cruz ofidia. En sus viejas representaciones, cada brazo de la cruz se divide en dos cabezas de serpiente de perfil con la lengua fuera.
(...) Para volver a cristianizar aquel lugar en que, sin duda alguna, se habían celebrado cultos paganos venidos de Asia, se edificó sobre los sótanos impuros, en el emplazamiento de la casa de los Templarios, una columna llamada "Columna de San Juan", pues los bienes de los monjes soldados habían sido entregados a la Orden de San Juan de Jerusalén, según la ley.
La callejuela ha conservado su aspecto siniestro. En la esquina con la Singerstrasse puede verse a veces, en los atardeceres de niebla, cómo el conde de Leiningen y el caballero Kranich, decapitados, siguen persiguiéndose por entre los muros ciegos. Un fantasma de mujer dicen que pasa también por allí, el de una mujer muerta de muerte violenta o el de la que le dió muerte.

Valentine Penrose, "La Condesa Sangrienta".

domingo, 24 de enero de 2010

En el Bosque de Villefére.

A petición de alguien que ya ha descubierto este Blog, reproduzco a continuación alguno de los relatos inspiracionales que mencionaba hace unos días. He escogido uno de los más breves, y desde luego no vale como "ejemplo de partida" o algo así. La intención es transmitir cierto ambiente...

Por lo demás, la elección no ha sido obvia, pero espero que sí resulte apropiada. Os dejo con Robert E. Howard y su "En el Bosque de Villefére".


En el Bosque de Villefére.

Robert E. Howard, 1925.



El Sol se ocultaba. Las inmensas sombras se extendían rápidamente por el bosque. En aquel extraño crepúsculo de un día de fines de verano veía ante mí el sinuoso sendero que desaparecía entre los ingentes árboles. Temblaba y miraba ocasionalmente por encima del hombro con cierto temor. Millas a mis espaldas se hallaba el pueblo más próximo... millas al frente se hallaba el siguiente.

Miraba a derecha e izquierda mientras continuaba la marcha y, de vez en cuando, lanzaba un vistazo hacia atrás. También de vez en cuando me detenía bruscamente, empuñando el estoque, al oír la rotura de los ramajes que desvelaba la presencia de algún animal. ¿Un animal?

Sin embargo, el sendero continuaba, y yo lo seguía, pues, de todos modos, no podía hacer nada mejor.

Mientras avanzaba, pensaba: "Mi propia imaginación va a jugarme una mala pasada si no estoy atento. ¿Quién va a acechar en este bosque excepto las criaturas que lo pueblan habitualmente, ciervos y otros animales parecidos? ¡Fuera todas esas estúpidas leyendas pueblerinas!".

Y así continué caminando mientras el crepúsculo desaparecía e iba siendo sustituido por las tinieblas. Las estrellas empezaron a titilar y las hojas de los árboles murmuraron a impulso de la ligera brisa. Me detuve, al poco, en seco; saltóme la espada a la mano, pues, justo ante mí, tras un recodo del sendero, alguien cantaba. No podía distinguir las palabras, pero el acento era extraño, casi bárbaro.

Me abrigué rápidamente tras un gran árbol, con un sudor frío perlándome la frente. No tardó el cantor en aparecer. Era un hombre alto y delgado, indistinto en el crepúsculo. Me encogí de hombros. No tenía que temer de un hombre. Salté de detrás del árbol que me ocultaba, levantando la punta de la espada.

-¡Alto!

No manifestó sorpresa alguna.

-Por favor, amigo mío, manejad vuestra espada con cuidado - dijo.

Un poco avergonzado, abatí el arma.

-Acabo de llegar a este bosque -dije para disculparme-. Había oído hablar de los salteadores. Os pido perdón. ¿Dónde se encuentra la ruta que conduce a Villefére?

-Corbleu, os habéis equivocado -me respondió-. Debisteis tomar la desviación de la derecha. La dejasteis atrás hace unos instantes. Yo mismo me dirijo a Villefére. Si aceptáis mi compañía, os guiaré.

Dudé. Pero… ¿Por qué razón había de hacerlo?

-Naturalmente. Me llamo Montour, de Normandía.

-Yo soy Carolus, le Loup.

-¡No! -exclamé, dando un paso hacia atrás. Me miró, sorprendido -Perdonadme -dije-. ¡El nombre es muy extraño!

-Mis ancestros fueron grandes cazadores -me respondió. No me ofreció la mano.

-Excusad mi sorpresa -dije mientras bajábamos por el sendero-, pero apenas puedo distinguir vuestro rostro en la oscuridad.

Sentí cómo reía, aunque no emitió sonido alguno.

-Mirar cuesta poco -contestó. Me acerqué a él y salté hacia atrás al tiempo que se me erizaba el cabello.

-¡Una máscara! -exclamé-. ¿Por qué portáis máscara, monsieur?

-Como consecuencia de un voto -me explicó-. Siendo perseguido por una manada de perros, hice el juramento de llevar máscara durante un tiempo si escapaba de ellos.

-¿Perros, monsieur?

-Lobos -replicó vivamente-. He dicho lobos.

Caminamos en silencio durante un trecho. Más tarde, mi compañero añadió:

-Me sorprende que atraveséis de noche este bosque. Muy poca gente se aventura por estos caminos, ni siquiera de día.

-Estoy obligado a alcanzar la frontera -contesté-. Acaba de firmarse un tratado con los ingleses y el Duque de Borgoña debe ser informado. Los aldeanos intentaron disuadirme de que hiciera el camino de noche. Me hablaron de un... lobo que, según ellos, acecha en este bosque.

-Aquí es donde se bifurca el sendero hacia Villefére -dijo, y pude ver un estrecho sendero sinuoso que no había visto al pasar ante él, instantes antes. Se sumía en la oscuridad de los árboles. Temblé.

-¿Deseáis volver al pueblo?

-¡No! -exclamé-. ¡No, no! Guiadme.

El sendero era tan estrecho que tuvimos que caminar uno tras otro, él precediéndome. Le examiné con cuidado. Era alto, mucho más alto que yo, delgado y enjuto. Vestía ropas que procedían, evidentemente, de España. Una larga espada colgaba a su cintura. Caminaba con largas y ágiles zancadas, sin hacer ruido.

No tardó en ponerse a hablar de viajes y aventuras. Habló de numerosos países y mares que había visto, y discutió de muchos temas extraños. Y así, mientras conversábamos, nos fuimos hundiendo cada vez más en el bosque.

Imaginé que seria francés. Sin embargo, tenía un acento muy raro que no era ni francés, ni español, ni inglés, y que ni siquiera evocaba ninguna lengua que yo hubiera oído antes. Extrañamente se equivocaba en algunas palabras y, en otras, era incapaz de pronunciarlas.

-Este camino no es muy frecuentado. ¿No es así? -pregunté.

-No mucho, efectivamente -respondió, riendo silenciosamente. Temblé. Todo estaba muy oscuro y las hojas susurraban entre las ramas.

-Un demonio acecha en este bosque -dije.

-Eso dicen los aldeanos -contestó-, pero yo, que he atravesado este bosque muy a menudo, nunca le he visto la cara.

Empezó a hablar entonces de raras criaturas de las tinieblas y la luna se fue levantando y las sombras se deslizaron entre los árboles. Levantó el rostro hacia la luna.

-Apresuraos -dijo-. Debemos llegar a nuestro destino antes de que la luna alcance el cénit.

Apretamos el paso.

-Dicen -proseguí-, que hay un hombre lobo acechando en estas regiones boscosas.

-Podría ser -contestó, y argumentamos ampliamente sobre aquel tema.

-Las viejas pretenden -me reveló- que, si se mata a un hombre lobo bajo su forma lobuna, sólo entonces, está verdaderamente muerto. Pero si es muerto bajo su forma humana, la mitad de
su alma vivirá siempre en aquel que lo haya matado. Pero, apresurémonos, la luna
casi ha llegado al apogeo.

Desembocamos en un pequeño claro iluminado por la luna. El desconocido dejó de andar.

-Descansemos un instante -pidió.

-No, sigamos -le apremié-. No me gusta este lugar. Rió silenciosamente.

-Vamos -dijo-. Es un precioso calvero. Es tan agradable como la sala de un banquete y yo mismo he celebrado fiestas aquí frecuentemente. ¡Ja, ja, ja! Mirad, voy a enseñaros un paso de baile. -Empezó a saltar de un lado para otro, echando la cabeza hacia atrás y riendo silenciosamente. Pensé que aquel hombre estaba loco.

Mientras continuaba con su demencial danza, miré a mi alrededor. El sendero no continuaba más allá, sino que se cerraba en el claro.

-Adelante -dije-. Debemos continuar. ¿Acaso no oléis el rancio aroma de fiera que impregna el calvero? Por aquí hay una madriguera de lobos. Puede que estén cerca de nosotros, deslizándose para rodearnos en este preciso momento.

Se dejó caer a cuatro patas, saltando más alto que mi cabeza, y vino hacia mí con un raro movimiento serpenteante.

-Este baile se llama la Danza del Lobo -dijo. Y mis cabellos se erizaron.

-¡No os acerquéis! -Di un paso hacia atrás y, con un grito penetrante que levantó vibrantes ecos en el bosque, saltó hacia mí. Aunque la espada le colgaba del cinturón, no la desenvainó. Mi estoque estaba casi fuera cuando se agarró a mi brazo y me arrojó a tierra violentamente. Le arrastré en mi caída y ambos golpeamos contra el suelo. Liberando una de mis manos con un movimiento ágil, le arranqué la máscara. Un grito de horror escapó de mis labios. Ojos de bestia brillaban bajo la máscara, blancos colmillos reflejaban la luz de la luna. Aquella era la cara de un lobo.

En un instante, los colmillos me amenazaron la garganta. Manos ganchudas me arrancaron la espada. Golpeé con los puños aquella horrible faz, pero las mandíbulas se cerraron sobre mi hombro, asiéndolo firmemente, mientras las garras intentaban abrirme la garganta. Me encontré de espaldas. El mundo se diluía. Golpeé ciegamente. Mi mano cayó, cerrándose automáticamente en la empuñadura de mi daga. La desenvainé y asesté una cuchillada. Retumbó un terrible chirrido medio bestial. Titubeante, me incorporé. A mis pies se hallaba el hombre lobo.

Me incliné, alzando la daga, pero me detuve levantando la vista. La luna flotaba en el cielo, casi en el cénit. Si mataba a la criatura bajo su forma humana, su terrible espíritu se albergaría en mí para siempre. Me senté a esperar. La criatura me miraba con sus ardientes ojos de lobo. Los largos y enjutos miembros parecieron encogerse, curvarse. Los pelos parecieron crecer hasta recubrirle el cuerpo. Temiendo enloquecer, me apoderé de la propia espada de la criatura y le hice pedazos. Luego, tirándola a lo lejos, eché a correr y huí por los bosques.