domingo, 29 de julio de 2012

Sobre los egiptanos.

- ¡Cierto -dijo Gringoire-, que es una salamandra, una ninfa, una diosa, una vacante del Monte Menaleo…!
Soltóse entonces una trenza de la cabellera de la "salamandra" y cayó al suelo una pieza de cobre amarillo que estaba en ella.
-¡Pues no! -dijo-, es una gitana.
Victor Hugo, "Nuestra Señora de Paris".

Existen pequeños pueblos repartidos por toda la tierra de Europa, de costumbres e idiomas ajenos a los del común vecino del país, que siempre se atraen a causa de esto sospechas, resquemores e incluso odios. Podemos contar entre ellos a los sorbios eslavos de la región germana de Lusacia, a los yeniches nómadas que recorren los caminos de Suiza y del Sacro Imperio y que se consideran a sí mismos celtas (aunque hay quien sostiene que no son sino judíos), a los vagabundos escoceses llamados simplemente "caldereros" debido a los oficios que practican, o a los vaqueiros montañeses de las Asturias de España. Pero ninguno de estos pueblos causa la misma sorpresa, conmoción y perplejidad que la llegada de los errantes gitanos, o mejor dicho egiptanos.


Provenientes según propia y repetida declaración de Egipto, de donde toda su tribu se vio obligada a exiliarse, hace al menos dos siglos se establecieron en el Levante y en torno a los montes Balcanes. Sin embargo, la fortuna les fue adversa, pues búlgaros y rumanos les redujeron a la esclavitud, y los que consiguieron librarse de tan triste destino huyeron en masa hacia occidente. De hecho, tras caer aquellas tierras orientales en poder de los turcos otomanos los que se quedaron no han mejorado su suerte, y se dice que todos los puestos de verdugo de los dominios del Sultán están ocupados por esclavos egiptanos.

Durante el siglo siguiente entraron primero en los reinos de Bohemia y Hungría, y pasaron después a adentrarse en grupos numerosos en tierras de Italia, Francia, el Sacro Imperio y la Península Ibérica. Cada gran caravana era dirigida por uno de sus nobles o príncipes (o al menos por un líder que así se presentaba) que pedía, a la más alta autoridad que encontrara, salvoconductos como peregrinos para toda su gente.

Como nuestro amado y devoto don Juan de Egipto Menor (…) entiende que debe pasar por algunas partes de nuestros reinos y tierras, y queremos que sea bien tratado y acogido a vosotros y cada uno de vosotros os decimos y mandamos expresamente y desde cierto conocimiento, bajo pena de nuestra ira e indignación, que el mencionado don Juan de Egipto y los que con él irán y lo acompañarán, con todas sus cabalgaduras, ropas, bienes, oro, plata, alforjas y cualesquiera otras cosas que lleven consigo, sean dejados ir, estar y pasar por cualquier ciudad, villa, lugar y otras partes de nuestro señorío (…) y dando a aquellos pasaje seguro (…) cuando el mencionado don Juan lo requiera a través del presente salvoconducto nuestro, el cual queremos que lleve durante tres meses del día de la presente contando hacia adelante.
Alfonso V de Aragón, texto de un salvoconducto, 1425.

Una vez en el país, proseguían con su vida errante, dedicándose a la música y los espectáculos, a las artes mágicas y adivinatorias, a la venta ambulante de artesanías e incluso a la trata a pequeña escala de caballos y otros animales. Sin embargo, pronto surgieron acusaciones de robos y delitos en las localidades que visitaban, además de insinuaciones de brujería o de infidelidad al cristianismo debidas al misterio y secretismo del que rodean sus costumbres. La anterior bienvenida se ha convertido ya en suspicacia, e incluso en persecución: En algunos países se les expulsa, en otros tienen prohibida la entrada bajo pena de muerte, y en otros más se intenta obligarles a establecerse sedentariamente siempre que abandonen sus viejos oficios y tradiciones. En cualquier caso, estas leyes contradictorias sólo sirven para mantenerles en marcha, buscando en su vagar nómada lugares que les acojan, aunque sólo sea hasta que se vuelvan las tornas… Recientemente han llegado a lugares tan lejanos como las islas inglesas o las costas del Báltico, y se conoce su presencia en las ciudades de Berbería, pero no parecen recibir allí mejor trato por parte de las autoridades.


Se sabe que guardan un gran respeto por sus mayores, y que son desde luego reticentes a abandonar tanto su abigarrada forma de vestir como la jerigonza que hablan entre ellos, incomprensible para nadie más. Además de como egiptanos, son conocidos en los reinos más occidentales como "bohemios" o "húngaros" por su procedencia reciente, o como zíngaros. Se les llama cigane entre los turcos y ghorbati en la Berbería.

5 Voces se alzan :

Rodrigo García Carmona dijo...

Esto sí que es una diáspora.

Ruth dijo...

Nada, que voy sacando la cabritera, el queso, el vino y demás viandas mientras tu enciendes la hoguera y Gogol Bordello ameniza la velada ;P

Saur dijo...

Lo último que he odio es que son más bien de la India y no de Egipto, no sabría concretarte más al respecto, pero si buscas un poco seguro que encuentras referencias.

Luis Miguez dijo...

Por supuesto que conozco la teoría del origen indio de los gitanos, Saur, que yo sepa, es la más aceptada hoy. Pero es histórico que cuando aparecieron en Europa occidental ellos decían venir de Egipto, quién sabe si basándose en leyendas propias y creyendo que era cierto, o como parte de su estrategia migratoria. En cualquier caso, este blog es de los que prefieren contar la leyenda...

Gracias por tu comentario, y también a los demás.

Roberto D.G. dijo...

Toda una sorpresa la etimología de su nombre, de las que no se olvidan. Una cosa más que aprendo gracias al ilustre Sr. Miguez.

Un saludo.