miércoles, 1 de diciembre de 2010

El Ajedrez Mágico.

Lucas van Leyden, "Los Jugadores de Ajedrez", 1508.


Cuenta la leyenda que cuando hacia el año Mil el caballero Arnau Mir de Tost de Muntán conquistó a los musulmanes el castillo de Ager, encontró entre los más valiosos tesoros un ajedrez tallado en cristal de cuarzo, cuyas piezas estaban tan primorosamente trabajadas que cada una de ellas era una obra de arte. El ajedrez pasó a engrosar la lista de tesoros de la casa Condal de Urgell, con la cual estaba emparentado Arnau Mir, y posteriormente (siglo XIII) pasó a engrosar el inventario de bienes de los Comtes-Reis de la Casa de Barcelona. Según parece fue Pere el Ceremoniós (aficionado a la astrología y posiblemente a la magia) el cual descubrió que las piezas del ajedrez eran en realidad poderosos amuletos mágicos, los cuales otorgaban diferentes poderes a su portador:

El Rey otorgaba el poder material. Aquel que poseyera los dos reyes nunca sería desobedecido ni traicionado por ningún portador del resto de las piezas.

La Reina otorgaba el poder diplomático. Quien la llevara consigo sería especialmente convincente y elocuente.

La Torre garantizaba a su portador una muy buena salud y una rápida curación en caso de ser herido.

El Caballo aseguraba la rapidez de su portador en cualquier viaje que llevara a cabo.

El Alfil otorgaba un gran poder de seducción hacia miembros del sexo opuesto al de su portador.

Los Peones garantizaban que aquel que los llevara obedecería, ciega e inconscientemente, las órdenes y deseos del portador de la figura del Rey.

Según parece Pere el Ceremoniós hizo uso y abuso de los poderes del ajedrez, repartiendo las piezas entre sus agentes más audaces, y logrando así sus grandes triunfos en el campo de la intriga y la diplomacia. Tuvo la precaución, no obstante, de guardar para sí las piezas del rey blanco y el negro, para evitar posibles traiciones.

Tal uso hizo que, inevitablemente, las piezas se fueran perdiendo una a una, borrándose la pista de las últimas tras la muerte de Martín el Humano (1410).
Ricard Ibáñez, "Dracs", suplemento para "Aquelarre", Editorial Joc Internacional, 1994.

Un relato sumamente inspirador (y el enésimo saqueo al señor Ibáñez). Las piezas, o al menos las que queden de ellas, pueden formar como conjunto parte importante de una partida breve o extensa, o ser si sólo aparecen una o dos ese elemento fantástico que aporte color a una trama más mundana y que no tenga nada que ver, de entrada, con un ajedrez mágico. Que el rastro del ajedrez se perdiera en 1410 no quiere decir que ya no exista: Aunque algunas de las piezas podrían haberse roto o perdido para siempre, después de un siglo o más las restantes podrían estar, simplemente, desperdigadas por el mundo y en manos de personas que no conozcan necesariamente sus poderes. También puede que quisieramos tener en cuenta no sólo las piezas, sino también el tablero. ¿Aún existe? El autor no parece concederle importancia, pero... ¿Posee, o poseía, alguna secreta virtud?