martes, 16 de febrero de 2010

El homúnculo.

Hieronymus de Toit (...) conocía bien el versículo sagrado: "Y Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida"...

Aquel versículo era su estrella guía. (...) Le gustaba aquel fragmento del Génesis. Reflejaba, de forma elegante y concisa, la obra de su vida hasta el momento.
El patrón fundamental de la Creación siempre había estado claro para él: Todas las especies apuntaban hacia arriba, hacia lo divino. Tan sencilamente como las palabras del Génesis, exponían de forma profunda y vibrante la naturaleza de la Creación. Las criaturas de las aguas, las bestias del campo, las aves del aire, las flores de la tierra... Todo tenía lugar en los estratos del plan divino.

Sin embargo, la Creación no se había detenido al séptimo día. Continuaba a lo largo de los siglos, construyendo y arrasando civilizaciones antaño consideradas inmortales: Egipto, Grecia, Roma... La humanidad existía como un perpetuo trabajo en progreso, esforzándose por alcanzar el más alto y elevado estado del ser.

Hieronymus consagró su obra a ayudar a su especie a alcanzar ese estado superior. En concreto pasó innumerables noches esforzándose por recuperar la forma pura de la humanidad, los incorruptos e incorruptibles compuestos y energías que modelaban la existencia de los primeros seres humanos. Sabía lo que significaría el éxito: Una raza libre de las tristes cicatrices de un mundo caprichoso. Los ciegos verían de nuevo, los sordos oirían, los tullidos bailarían... Todo gracias a los poderes rejuvenecedores de la creación de de Toit.


Mientras se acercaba la hora, de Toit observó la forma inerte en el crisol de tamaño humano que era la pieza central de su laboratorio. Extrajo los sellos finales y recitó cuidadoseamente las palabras del último hechizo. Su cuerpo tembló al recibir la corriente de lo que parecía un centenar de relámpagos atravesándole y electrificando el crisol. La sala se agitó con la fuerza de una tempestad, rompiendo frascos y volcando recipientes llenos de extraños compuestos...

La tormenta se desvaneció tan rápido como había llegado. Recuperándose poco a poco, de Toit se acercó al gran contenedor, temiendo que el hechizo hubiese fallado. Le sorprendió un súbito movimiento en el interior. Una mano, una mano humana, salía sobre el borde del crisol. Hyeronimus retrocedió fascinado mientras su creación emergía del fondo del recipiente.

La forma humana era igual a la de de Toit, pues su magia se había concentrado lo suficiente como para duplicar sus facciones con exactitud. La criatura giró la cabeza rígidamente, sus ojos acostumbrándose al laboratorio, hasta que se fijó en de Toit.

De pronto, la criatura empezó a temblar sin poder controlarlo, como si sufriese un ataque epiléptico. Hyeronimus sintió que le recorría una intensa oleada de náuseas. Algo iba mal. Los temblores aumentaban, y la criatura cayó sobre el crisol y el duro suelo d epiedra. Se arrastró hacia de Toit. Éste quería escapar, pero la sensación de malestar ultraterreno era demasiado fuerte. Cayó a su vez a cuatro patas, su cabeza girando con la consciencia de que había cruzado alguna gran línea prohibida.

Súbitamente, ambos se encontraron cara a cara. El hombre mortal tragó dolorosamente cuando vió que todo en la mirada del ser expresaba la locura de su experimento. Hyeronimus quedó atrapado por los mismos temblores de la criatura, toda su estructura intentando separarse y acabar con el sufrimiento. Fue demasiado para él. Cuando la vida abandonó a de Toit, su criatura cayó también sobre el frío suelo, diolviéndose en polvo.


Un relatillo aparecido en un suplemento del juego Changelling: El Ensueño, del que desconozco el autor. Le encuentro un sabor inusual a cuento gótico, en el que un par de autorreferencias a la factoría White Wolf (Que solían ser habituales en sus productos) chirriaban... Libre de ellas, tal como lo subo, me parece susceptible de tener lugar en alguna de nuestras partidas. También el final... El dibujo es parte de una viñeta por el dibujante Guy Davis.