sábado, 25 de junio de 2011

El ingrato oficio del bufón.

En los tiempos de mi relato los bufones gozaban todavía del favor de las cortes. Varias potencias continentales conservaban aún sus locos profesionales, que vestían traje abigarrado y gorro de cascabeles, y que, a cambio de las migajas de la mesa real, debían mantenerse alerta para prodigar su agudo ingenio.

Nuestro rey tenía también su bufón. (...) Su loco, o bufón profesional, no era tan sólo un loco. Su valor se triplicaba a ojos del rey por el hecho de que además era enano y cojo.
Edgar Allan Poe, "Hop-Frog".

En torno a los altos reyes y príncipes crece el fasto de las cortes como si de una hermosa flor se tratara: Los más graves personajes, acostumbrados a moverse cerca de sus monarcas, sólo aparecen ante ellos ataviados con sus mejores galas. Entre el lujo y el ornamento de las estancias reales, el trato se reviste siempre de cierta pompa y las costumbres se guían por la rigidez del protocolo. En medio de todo esto, el bufón destaca como una rana bañándose en leche.

El bufón a sueldo de un poderoso se diferencia en poco o nada de aquellos que recorren las plazas haciendo acrobacias, payasadas y juegos malabares ante el pueblo, a cambio de unas monedas. Igual que aquellos, puede ser hombre o mujer, y es habitual que haya varios a la vez en la misma corte. Su labor es entretener, sea mediante chocarrerías y salidas de tono o mediante observaciones sarcásticas referidas a su amo, a sus consejeros o a sus invitados. Estas han de ser certeras aunque por ello sean insultantes, pues la capacidad de decir lo que otros por fuerza callan es el gran poder del bufón, que le puede ser de gran utilidad a un monarca que no tema que le abran los ojos ante el ridículo, la vanidad... O la traición. A través de una frase malintencionada puede poner a cualquier personaje bajo sospecha de algún crimen, o desenmascarar a un conspirador. No sería la primera vez que un bufón resulta clave en alguna trama palaciega, causando alguna situación incómoda que otra persona deba enmendar, espiando sin que se de importancia a su presencia o haciendo llegar mensajes por las vías más insospechadas.

Claro que si una buena palabra del bufón no es bien acogida se desecha como una mera tontería, y si una de sus bromas resulta demasiado para su amo este lo maltratará o incluso le quitará la vida. A fin de cuentas, su libertad frente al orden establecido se basa en que nadie puede saltárselo impunemente salvo un loco, y al bufón, si es que está cuerdo, se le declara loco por decreto. Es siempre blanco de desprecio y de insultos por parte de los cortesanos, e incluso quienes sean sus aliados nunca lo verán como un verdadero amigo y mucho menos como su igual, ya que no deja de ser una especie de mascota humana de su señor.

En última instancia el bufón es una figura trágica a la vez que cómica, e incluso cómica por su caracter trágico. A veces se elige para el puesto a bobos o a locos, a quienes se zahiere a propósito sin que tengan gran posibilidad de defenderse, o bien a enanos o personas deformes, cuya fealdad es para sus amos cruel motivo de risa. Su vestimenta es siempre ridiculizante, a veces un disfraz de brillantes colores alternados, culminado en un gorro con picos en forma de orejas de burro, o a veces un traje cortesano bastante lujoso pero con algún adorno que delata su condición, en forma de cascabeles, prendas hechas trizas o accesorios chocantes. Lleva generalmente un bastón con una cara esculpida, que los franceses llaman marotte, y que se suele considerar el símbolo de su oficio.

Algunos bufones han alcanzado cierta notoriedad, como William Sommers, llamado Will, al servicio de Enrique VIII de Inglaterra desde 1525, o como Jane, la compañera inseparable de Catalina Parr. Triboulet, al servicio del Rey de Francia, es tenido por impertinente aunque lúcido, lo cual sorprende si se tiene en cuenta su visible microcefalia. El astuto e intrigante Stańczyk, fiel al Rey de Polonia, es uno de sus mejores consejeros. Y toda una tropa de enanos habita en las estancias de la familia Habsburgo, de modo acorde al ritual por el que guían su protocolo.

miércoles, 15 de junio de 2011

Toledo (01).


Luego, poco a poco fue cesando el ruido y la animación: Los vidrios de colores de las altas ojivas del palacio dejaron de brillar, atravesó entre los apiñados grupos la última cabalgata, la gente del pueblo, a su vez, comenzó a dispersarse en todas direcciones, perdiéndose entre las sombras del enmarañado laberinto de calles oscuras, estrechas y torcidas, y ya no turbaba el profundo silencio de la noche más que el grito lejano de vela de algún guerrero, el rumor de los pasos de algún curioso que se retiraba el último o el ruido que producían las albadas de algunas puertas al cerrarse, cuando en lo alto de la escalinata que conducía a la plataforma del palacio apareció un caballero, el cual, después de tender la vista por todos los lados, como buscando a alguien que debía esperarlo, descendió lentamente hacia la cuesta del alcázar, por la que se dirigió hacia el Zocodover.
Gustavo Adolfo Bécquer, "El Cristo de la Calavera".

miércoles, 8 de junio de 2011

Lobos.

Esa cruz es la que hoy habéis visto, y a la cual se encuentra sujeto el diablo que le presta su nombre (...). En el invierno los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege, para lanzarse sobre las reses (...).
"Gustavo Adolfo Bécquer, "La Cruz del Diablo".

Asociado a la noche y al Diablo, no hay animal más temido y odiado que el lobo, considerado el símbolo de la crueldad.


El lobo tiene el mismo temor al hombre y al fuego que la mayoría de animales, y prefiere cazar a sus presas entre los animales salvajes. Sin embargo, no es raro que ataque a los ganados, y si un grupo de ellos se topa una persona desprotegida (como un viajero solitario, o un niño) podrían olvidar sus supuestos temores y actuar como los cazadores que son. El frío del invierno, con la carestía de alimento que le acompaña, les hace más proclives a esos atrevimientos y los arroja famélicos de lo profundo de los bosques, llevándoles a rondar las aldeas o a invadir, en la noche, las calles de los pueblos. Se recuerdan historias terroríficas, como la que narra que una manada enloquecida consiguió, en el siglo pasado, penetrar tras las murallas de París y matar a unas cuarenta personas antes de que pudiera ser exterminada. Los campesinos consideran necesario organizar batidas de caza para aniquilarlos, proteger a sus rebaños con perros, y vigilar bien a los niños, advirtiéndoles sobre el peligro con leyendas en las que el lobo aparece como una fiera diabólica... O más bien como un tonto, en un intento de exorcizar el terror que causa.

Las manadas de lobos suelen estar compuestas de una o como mucho dos decenas de ellos, con un territorio muy marcado en cuyo lugar más oculto se hallan las pequeñas madrigueras donde tienen sus camadas: Una loba puede tener cinco o seis lobeznos en el mismo parto, hacia el verano. Son guiados en su vagabundear o en la caza por una pareja de macho y hembra. No atacan con demasiada coordinación, pero son insistentes y pueden llegar a perseguir a su presa durante millas, mordiéndola en el vientre o en el cuello y luego retirándose rápidamente de su alcance, hostigándola hasta matarla. Sin embargo, si la presa muestra una resistencia lo bastante enconada, puede que se salve, haciéndoles abandonar...

El lobo es un animal que tiene en sí dos naturalezas propias: Aquella por la que es llamado rapaz, es decir, secuestrador, porque vive de la presa, y cuando se llega a algún lugar a robar, se va luego con mucho cuidado, y si llega a dejar una pista tras de sí, se coge las patas con los dientes y se las muerde fuertemente. La otra naturaleza es que le quita el vigor al hombre, si lo ve antes de que el hombre lo vea a él, y si es el hombre el que lo ve antes de que el lobo le vea, le quita el hombre el vigor al lobo.
"Libro della Natura degli Animali", siglo XIII.

Se dice que hay enfermedades causadas por la mirada de algunos animales, de manera similar al mal de ojo, y hay curanderos que lo tienen por cierto y dicen saber tratarlas. De todas ellas, la peor es la que causa el sapo, aunque el lobo también puede causarla, si estando alguien en el monte es visto por el lobo sin verle. Si esto es cierto o falso, queda a discreción del DJ. Si es cierto, tal vez sólo puedan causarlo ciertos lobos, e incluso puede que los que sean capaces lo hagan adrede, aunque sólo una vez por noche y persona. El vencedor de una Acción Opuesta entre la Habilidad Agudeza/Percepción del PJ y la del lobo podría hacer que el otro caiga enfermo, enmudezca repentinamente durante el resto del día, sufra efectos similares a los de la Desventaja Maldición, o simplemente no pueda defenderse de su siguiente ataque durante un turno. Por supuesto, el PJ ni siquiera tiene porqué saber qué está sucediendo, aunque seguramente una tirada exitosa de Brujería (con Dificultad Normal) se lo aclarará.

Se rumorea también que los lobos son capaces de percibir los espíritus de formas imposibles para los humanos, y que cualquiera que beba de la misma agua que un lobo, o de un charco que sea en realidad la huella de uno de ellos, caerá en la licantropía.

• Lobo.
Agudeza/Percepción Muy Bueno (se guía por el olfato), Esquivar Normal, Fortaleza Normal, Intimidación Bueno, Nadar Mediocre, Orientación Bueno, Pelea Bueno, Rastrear/Cazar Muy Bueno, Redaños Mediocre, Sigilo Mediocre.
Combate: Factor de Daño y Factor de Resistencia 0.
Movimiento: 7 m/turno, 28 m/turno corriendo.

martes, 17 de mayo de 2011

Sobre las Armas de Fuego.

Las armas de fuego aparecieron por primera vez en occidente a principios del XIV, en forma de pesados cañones de hierro, de tosco diseño... Y antes de que terminara ese siglo ya se estaban construyendo los primeros modelos personales. Desde entonces han sufrido una cierta evolución, pero sólo últimamente su presencia en los campos de batalla ha cobrado mayor importancia, merced sobre todo a la inventiva que Don Gonzalo Fernández de Córdoba, el famoso general, ha demostrado en las Italias.

Estas armas están compuestas de un cañón de metal que se apoya en un afuste de madera en la parte posterior. Se cargan por delante, es decir, por la boca del cañón, introduciéndose la pólvora y el proyectil (generalmente, de forma redonda), y luego se disparan accionando la llave, un mecanismo que realiza la ignición de la pólvora. En modelos primitivos la llave no existía, sino que se encendía directamente la pólvora mediante un hierro al rojo o una mecha trenzada. En modelos más sofisticados encontramos dos posibles tipos de mecanismos: La llave de mecha o la llave de rueda.

• Llave de mecha. Esta llave fue inventada en el siglo XV, y es la más usual. Su mecanismo consta de un serpentín, pieza en forma de "s" que sostiene la pinza que sujeta el extremo encendido de la mecha, y al pulsar la cola disparadora desciende sobre la cazoleta que contiene la pólvora. La mecha ha de estar seca, o el arma no disparará. Además, el abundante humo que se produce al disparar, y que puede convertirse en una verdadera humareda alrededor de los soldados en la batalla, delata la posición de un tirador.


Dos reenactors del grupo The Company of Saynt George.

• Llave de rueda. Esta llave se inventa hacia 1500, aunque ya el propio Leonardo da Vinci había diseñado algún modelo más o menos teórico, y desde luego es mucho menos usual que la de mecha, no sólo por su relativa novedad sino porque su fabricación es mucho más cara. Su mecanismo consta de una rueda, que se debe armar mediante una llave especial, y que gira al presionar el disparador, produciendo el rozamiento de su superficie irregular contra una pieza de sílex o de pirita las chipas que encienden la pólvora. Al ser innecesaria la mecha, no hay que preocuparse por la humedad para usar esta pistola, además de que los tiempos de recarga se acortan considerablemente.

Arcabuz. El arcabuz es una de las armas de fuego más usuales, pues es portada por tropas especializadas de la mayoría de los ejércitos. En esta arma, el afuste de madera se alarga por debajo del cañón, para formar un buen apoyo. Mide en total entre 1 metro y 1, 25 metros, aunque algunos son más cortos. Se trata en general de armas fabricadas del modo más sencillo posible para no encarecerlas por encima de su, ya de por sí, relativamente elevado precio. La llave suele ser, desde luego, de mecha, y se ahorran adornos o extravagancias. Sin embargo se conocen modelos de lujo, que suelen ser armas de caza o de tiro al blanco, profusamente adornados, al alcance sólo de los ricos y poderosos. En ellos suele utilizarse la más moderna y cómoda llave de rueda y, siendo siempre inusuales, no dejan de ser raros hasta después de 1540.


Un arcabuz de mecha.

Un arcabuz de rueda, conservado en la Real Armería de Madrid, que perteneció a Carlos I.

• Arcabuz. Se maneja con ambas manos. Daño: +5.
Recarga: Después de cada disparo, más o menos un minuto. 6 turnos (llave de mecha) o 5 turnos (llave de rueda).
Alcance: 80 metros. Hasta 25 metros, cualquier clase de armadura tiene un modificador de -2 a la protección que da cuando se le dispara con un arcabuz. De 25 metros hasta 80 se pierde este modificador.

Pistola. El mecanismo de rueda ha permitido la aparición de las primeras armas de pólvora de pequeño tamaño que pueden dispararse sin engorro desde un caballo, o en las distancias cortas, pues se cogen con una sola mano, así que a partir de 1520 la pistola empieza a ser vista en los cinturones de algunos oficiales o de tropas a caballo, especialmente en ejércitos españoles, afines a esta innovación. Sin embargo, andados los años, el hecho de que puedan llevarse escondidas fácilmente, por ejemplo bajo la ropa, y usarse para la autodefensa o para el crimen es el otro gran motivo de su aceptación. Pronto, a mediados del siglo XVI, el uso de las pistolas se prohibe para los que no tengan una autorización oficial, pues a esas alturas tanto su fabricación como su posesión se extienden por Europa rápidamente. La pistola mide alrededor de 40 centímetros, y su cañón de metal termina en un afuste de madera trasero, con el mecanismo de rueda cerca de la base del cañón y del principio del afuste.


Una pistola de rueda, que perteneció a Carlos I, fabricada por el armero Peter Pech, de Munich, en torno a 1545 - 1550.

• Pistola. Se maneja con una mano. Daño: +4.
Recarga: 5 turnos (llave de rueda). Alcance: 65 metros. Hasta 20 metros, cualquier clase de armadura tiene un modificador de -2 a la protección que da cuando se le dispara con una pistola.
De 20 metros hasta 65 se pierde este modificador.

Trueno de mano. El trueno de mano es un arma similar al arcabuz, pero más primitiva, utilizada durante el siglo XV. Sin embargo, algunos ejércitos todavía usan estas armas. El trueno de mano consiste en un cañón de metal, con un gancho que se pone a la altura del hombro para manejarlo, permitiendo sujetarlo pese a su retroceso. Mide algo menos de 1 metro de largo y pese a ese tamaño menor que el de muchos arcabuces, es considerablemente más pesado. Lo más primitivo del sistema de disparo es que carece de mecanismo, teniéndose que dar fuego manualmente a la pólvora con una mecha, lo que hace terriblemente difícil disparar, pues se debe estar atento tanto a la pólvora como a apuntar. Para solucionar este problema, este arma se se suele utilizar manejada por dos soldados, uno de ellos el artillero o tirador, y el otro un asistente o doncel que enciende la mecha a las órdenes del otro. Este arma puede hacer un papel digno como defensor de una plaza, dejándolo inmóvil y apostado, pero ningún general equiparía ya a sus tropas con ella.


Un trueno de mano.

• Trueno de mano. Se maneja con ambas manos. Daño: +6.
Recarga: 6 turnos.
Alcance: 65 metros. Hasta 20 metros, cualquier clase de armadura tiene un modificador de -2 a la protección que da cuando se le dispara con un arcabuz. De 20 metros hasta 65 se pierde este modificador.
Reglas especiales: Se utiliza manejado por un tirador, y un asistente que enciende la mecha. Si un tirador dispara el trueno de mano sin ayuda, su tirada de Armas de Fuego tiene un modificador de +2 a la dificultad.

• Doce apóstoles. Los doce apóstoles es el nombre que reciben los doce estuches de cobre o madera que llevan en bandolera los soldados equipados de arcabuz, con una cantidad de pólvora dosificada para cada disparo. Quienes usen arcabuz o pistola llevarán al menos alguno de estos dosificadores, ya relleno antes de la lucha, puesto que poner la pólvora a ojo directamente de la polvorera al arma de fuego puede ser complicado. Si en el transcurso de una batalla se acaba el contenido de estos recipientes y no hay tiempo de volver a llenarlos, o si se carga el arma precipitadamente sin servirse de los apóstoles (o de otro dosificador apropiado), es necesario superar una tirada de Armas de Fuego con Dificultad Buena, o se habrá cargado demasiado y la posibilidad de sufrir una pifia subirá de un resultado de -4 al disparar a uno de -3.

Las pifias al usar un arma de fuego pueden ser, claro está, muy peligrosas. Tal vez el mecanismo se estropee y suelte alguna chispa incontrolable, debiendo ser reparada (y no disparando hasta entonces, claro). Pero tal vez también el arma explote, causando su Daño +2 al portador. En casos espectaculares, podría causar su Daño al portador al explotar y, al salir la bala, alcanzar al enemigo con su Daño +2, como un éxito crítico.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Historia del Fantasma de Bolonia.

Antonio de Torquemada (1507-1569) fue un autor español, sin ninguna relación con el padre don Tomás, pese al apellido, que se dedicó a obras muy variadas. Una de las más conocidas es su "Jardín de Flores Curiosas", escrito antes de 1568 y publicado postumamente en Salamanca, en el que nos explica numerosos asuntos relacionados tanto con la metafísica como con las ciencias naturales. Cuando sus personajes (pues la obra está escrita en forma de diálogos socráticos) se refieren a apariciones diabólicas y fantasmales, aprovecha la ocasión para narrarnos algunos verdaderos cuentos de fantasmas, seleccionados entre diversos casos de los que recibió verídica y fiel noticia.

Uno de ellos, que me sirve además para enlazar con algunos temas tratados en este Blog últimamente, cuenta por boca del sabio Bernardo lo que le sucedió al estudiante Juan Vázquez de Ayola cuando partió con dos compañeros a estudiar Derecho a la Universidad de Bolonia.


Historia del Fantasma de Bolonia.

De "Jardín de Flores Curiosas", Antonio de Torquemada, 1570.


Bernardo: Yo lo diré como me lo dijeron, y dícenme que en Bolonia y en España hay grandes testimonios de ello. Y fue así, que este Ayola, siendo mancebo, él y otros dos compañeros suyos españoles determinaron irse a estudiar Derechos en aquella Universidad, donde pensaban podrían aprovecharse, como otros muchos han hecho, y llegados a ella, no hallaban posada a donde cómodamente pudiesen estar para lo que tocaba a su estudio, y andándola buscando, toparon con unos tres o cuatro gentiles hombres bolonienses, a los cuales preguntaron si por ventura tenían noticia de alguna buena posada donde pudiesen acogerse, porque eran extranjeros y llegaban entonces de España. El uno de ellos les respondió que si querían una buena casa donde posasen, que él se la hacía dar sin que por ella les llevasen dineros, y entonces les señaló una casa principal y muy grande que en la misma calle estaba cerrada, diciendo que aquella les darían, y que no tuviesen de ello duda. Los españoles quedaron confusos, pareciéndoles que hacían escarnio de ellos, pero otro de los bolonienses les dijo:
"Este gentilhombre está burlando, porque sabed, señores, que aquella casa que dice, ha más de doce años que está cerrada, sin que ninguno se atreva a vivir en ella, y esto es por las visiones y fantasmas espantables que allí se han visto y se ven muchas veces, de manera que su propio dueño la ha dejado por perdida, y no hay persona que se atreva a quedar allí una noche".
El Ayola, oyendo lo que decía, respondió:
"Si no hay más que eso, dénos las llaves, que estos mis compañeros y yo viviremos en ella, venga lo que viniere."
Los bolonienses, viendo su determinación, le dijeron que si querían que les harían dar las llaves, y muchas gracias con ellas. Y hallándolos firmes en su determinación, se fueron con ellos a donde estaba el dueño de la casa, el cual, poniéndoles muchos temores, y viendo que se reían de lo que les decían, les abrió la casa, y aun les ayudó con algunas cosas de las necesarias para poderla habitar, y ellos buscaron lo demás que les faltaba, y así, tomaron sus aposentos, que salían a una sala principal, y una mujer de fuera de la casa les guisaba la comida, que dentro no hallaban quien se atreviese a servirlos. Todos los de Bolonia estaban a la mira de lo que sucedería a los españoles, los cuales se burlaban de ellos porque en más de treinta días ni vieron ni oyeron cosa ninguna, y tenían por muy cierto que era burla todo lo que les decían. Pero al fin de este tiempo, habiéndose acostado una noche los dos y estando durmiendo, el Ayola se quedó estudiando, y se descuidó hasta que ya era media noche, y a esta hora oyó un gran estruendo y ruido, que parecía de muchas cadenas que se meneaban, y alterándose algo, dijo entre sí:
"Sin duda alguna, éstas deben ser las visiones que dicen haber en esta casa."
Y estuvo determinado de ir a despertar a sus compañeros, y queriendo hacerlo, parecióle que parecería falta de ánimo, y que lo mejor sería que él solo fuese a ver lo que era, y escuchando más atentamente, entendió que el ruido de las cadenas venía por la escalera principal de la casa, que salía a unos corredores fronteros de la sala, y encomendándose a Dios muy de corazón, y santiguándose varias veces, tomó una espada y una rodela, y en la otra mano el candelero con la vela encendida, y de esta manera salió y se puso en medio de la sala, porque las cadenas, aunque era grande el estruendo que hacían, parecían venir muy despacio. Y estando así, vio asomar por la puerta de la escalera una visión espantosa y que le hizo repeluznar los cabellos y erizar todo el cuerpo, porque era un cuerpo de hombre grande, que traía sólo los huesos compuestos, sin carne alguna, como se pinta la muerte, y por las piernas y alrededor del cuerpo venía atado con aquellas cadenas que traía arrastrando, y parándose, estuvieron quedos el uno y el otro, mirándose un poco, y cobrando Ayola algún ánimo con ver que aquella visión no se movía, la comenzó a conjurar con las mejores palabras y más santas que el temor le dió lugar, para que le dijese qué era lo que quería o buscaba, y si le había menester alguna cosa, que, como él lo entendiese, no faltaría punto de todo lo que fuese en su mano. La visión puso los brazos en cruz, y mostrando agradecerle lo que le decía, parecía que se le encomendaba. Ayola le tornó a decir que si quería que fuese con ella a alguna parte, que se lo dijese, la visión bajó la cabeza y señalole la escalera por donde había venido. El Ayola le dijo:
"Pues anda, comienza a caminar, que yo te seguiré adonde quieras que quisieres."
Y con esto, la visión comenzó a volverse por donde había venido, yendo de mucho espacio, porque las cadenas no la dejaban andar más aprisa. Ayola la siguió, y llegando al medio de la escalera, o porque viniese algún viento, o que turbado de verse solo en tal compañía la vela topase en alguna cosa, se le mató, y entonces es de creer que su turbación y espanto serían muy mayor, pero esforzándose cuanto pudo, dijo:
"Ya ves que la vela se me ha muerto, yo vuelvo a encenderla: Si tú me esperas aquí, yo volveré luego."
Y con esto se fue para donde el fuego estaba, y encendiola, y dio la vuelta, y halló la visión en el mismo lugar donde la había dejado, y caminando el uno y el otro, pasaron toda la casa y llegaron a un corral, y de ahí a una huerta grande, en la cual la visión entró, y Ayola tras ella, y porque en medio estaba un pozo, temió que la visión volviendo a él le hiciese algún daño, y parose, pero la visión, volviendo a él, le hizo señas que fuese hacia una parte de la huerta, y así, caminando ambos juntos, ya que estaban casi en medio de ella, la visión, súbitamente, desapareció. El Ayola, quedando solo, comenzó a llamarla y conjurarla, haciendo grandes protestaciones que viese si quería de él alguna cosa, que estaba aparejado para cumplirla, y que por él no quedaría, y aunque estuvo un poco esperando, como no la pudo ver más, se volvió y despertó a sus compañeros, que estaban durmiendo, los cuales le vieron tan alterado y mudada la color, que pensaron que se le acababa la vida, y esforzándole con darle de una conserva que comiese y bebiese un poco de vino, le hicieron acostar y le preguntaron qué había. Él les contó todo lo que por él pasara, rogándoles que no dijesen cosa ninguna, porque no serían creídos. Y como éstas son cosas que pueden mal encubrirse, alguno de ellos lo dijo en alguna parte, que fue causa de publicarse por toda la ciudad, de manera que vino a oídos del Gobernador, el cual quiso averiguar la verdad, y debajo de muy solemne juramento mandó a Ayola que declarase todo lo que había visto. Él lo hizo así diciendo la verdad de ello. El Gobernador le preguntó si atinaría a la parte donde la visión le había desaparecido. Ayola le dijo que sí, porque como la huerta estaba llena de hierba, él había arrancado cinco o seis puños de ella y los había dejado allí por señal. El Gobernador y otros muchos que allí estaban lo fueron a ver, y hallando un montoncillo hecho de la hierba, sin quitarse de allí, hizo venir a algunos hombres con azadones y les mandó que comenzasen a cavar para abajo, por ver si allí descubrían algún secreto, y no hubieron ahondado mucho, cuando encontraron allí una sepultura, y en ella la misma visión con todas las señas que Ayola había declarado, lo cual fue causa de que se le diese verdadero crédito de todo lo que había contado, y queriendo entender qué cuerpo era aquel que con aquellas cadenas estaba allí sepultado, y con mayor estatura que ninguna de la común de los otros hombres, no se halló quien supiese dar razón de ello, aunque se contaron algunos cuentos antiguos de los antecesores del dueño de aquella casa. El Gobernador hizo luego llevarlo y sepultarlo en una iglesia y de allí en adelante no se vieron ni oyeron más las visiones y estruendo que solían. El Ayola se volvió en España, y según me han certificado, por ser buen letrado, fue proveído de oficios reales, y no ha mucho que un hijo suyo servía en un corregimiento de una ciudad muy principal.

viernes, 15 de abril de 2011

Sobre el arte de la esgrima.

¿Hay algo más evocador de un pasado legendario que las antiguas armas blancas, y en especial las espadas? Nos traen a la mente algo sobre el valor y la destreza personales, ideas individualistas acerca de la lucha y del arrojo... Pensamientos románticos, en suma. En realidad, otro motivo más que tuve para comenzar a trazar una ambientación sobre relato gótico-histórico en la época de 1490-1550 y no en otra es precisamente la gran variedad de armas blancas que había en aquellos tiempos, algunas de formas verdaderamente exóticas, que pudieran sólo con su presencia inspirar a algún pacífico jugador a ponerse en la piel de un aguerrido aventurero. De entre estas armas, algunas, como la espada ropera, estaban comenzando prácticamente su andadura, mientras que otras irían con el tiempo desapareciendo de los campos de batalla o al menos haciéndose más raras o de presencia "testimonial" (como las lanzas de caballería y los espadones a dos manos). Así que en aquellos días mientras se experimentaba con nuevas formas de esgrima, que darían pie a futuras y distintas escuelas, aún se practicaban formas que hoy consideraríamos "antiguas" o mejor dicho "medievales".

Valgan estas líneas como introducción a los primeros vídeos que pongo en este Blog. Son de la organización alemana Gladiatores, dedicada a la práctica y recreación de las "Historische Europäische Kampfkünste" (artes marciales históricas europeas), investigadas a partir de viejos manuales, dibujos y textos, y rescatadas del abandono en el que las sumieron primero la esgrima moderna y luego la "deportiva" derivada de esta. En ellos, algunos de sus miembros hacen presentaciones (con movimientos demostrativos y ensayados) de diversas técnicas y armas. Que los disfrutéis, más abajo os aguarda algún comentario más...









¿Impresionantes, verdad? Si no conocíais estas imágenes (tienen un par de años, a fin de cuentas) y no tenéis noticia de alguna de estas asociaciones, como la Asociación Española de Esgrima Antigua, es posible que os hayan sorprendido. Desde luego y como decía más arriba, se trata de presentaciones y no de "combate libre" (que además sin protecciones sería, lógicamente, peligrosísimo) pero aún así muestran unos encuentros ágiles y dinámicos, muy alejados de los típicos convencionalismos sobre la lucha medieval que, además de estar llenos de falsedades, suelen ser, curiosamente, muy negativos. En la Web de la ya mencionada AEEA podemos leer un completo texto capaz de despejar bastantes dudas acerca de estas reiteradas falsedades y las realidades que ocultan.

Si bien la mayoría de roleros que conozco no me parecen muy entusiastas de liarse a espadazos que digamos, seguro que estas imágenes os resultarán tan inspiradoras de cara a imaginar un lance de espada para vuestra próxima partida como a mí, y espero que nos ayuden a describirlo. Este enlace a las imágenes del famoso Fechtbuch (libro de esgrima) del maestro Joachim Meyer, ofrecido por el Higgings Armoury Sword Guild de Worcester, Massachusetts (USA) nos servirá también para ello. Y especialmente bien en el caso de FUDGE Feldkirch, pues el libro, publicado por primera vez en 1570, muestra las enseñanzas de un maestro que fallecería al año siguiente (1571) dejando constancia de las técnicas y estilos que había conocido y practicado en los años anteriores.

jueves, 7 de abril de 2011

Los estudiantes de Praga.

Los secretos eran y estaban bien guardados. Según decían, los secretos estaban depositados en Praga, ciudad que era, por excelencia, el emporio de lo mágico y lo secreto. Allá marcharon, por los caminos revueltos de la Europa del quinientos tres, mozos gentiles y andadores y deseosos de lo oculto. Estos mozos se llamaban Johannes Faust, bachiller (...), Theophrastus Bombastus, llamado Paracelso, y Cornelius Agrippa. Los tres querían convertirse en magos y, para ello, estaban dispuestos a someterse a las más duras pruebas y seguir las más rigurosas disciplinas. Cuando llegaron a Praga en una melancólica tarde de Octubre, lo primero que hicieron fue visitar la catedral de Sant Veit, en donde se hallaba la tumba de San Juan Nepomuceno (...). Después, ajustándose sus gorras coloradas y alegremente rematadas con cintillas y plumas de faisán, contemplaron, desde el puente ornamentado con las estatuas de los santos, el curso remansado y ancho del Vlatava.

En Praga, los tres estudiantes aprendieron mucho del abate Tritheim, que fue discípulo de Alberto el grande. Tritheim, autor de la "Poligraphia Cabbalistica" y hombre de palabra aflautada, les dijo una vez:

-Al vulgo habladle siempre de cosas vulgares. Guardad para vuestros amigos el secreto de un orden más alto. Dad alfalfa a los bueyes y azúcar a los loros. Si no comprendéis lo que os quiero decir, seréis, como tan a menudo acontece, pisoteados por los bueyes.
Joan Perucho, "El Secreto de los Magos", introducción a su edición del "Diccionario Infernal" de Collin de Plancy.