miércoles, 23 de junio de 2010

El Monje Laskaris.

Reproduzco a continuación y a modo de relato un fragmento de "El Monje Laskaris", de Gustav Meyrink. Aunque no está ambientado en la época elegida para FUDGE Feldkirch, en el caso concreto de esta escena si los nombres de los personajes históricos que se mencionan fueran otros, podría estarlo.

Creo que es un buen ejemplo de la utilización de ese tipo de recursos en una historia, y del tono que crean por sí mismos. Probablemente podamos llevarnos al Rol alguna idea.


El Monje Laskaris (Fragmento).

Gustav Meyrink, 1925.


En un cuarto junto al laboratorio ya estaba dispuesta la comida en una negra mesa de roble. Jarras de zinc, rellenas de vino húngaro, emanaban un fuerte aroma, y cuando Ignacio levantó la tapa de una fuente de barro, se elevó el humo de un jugoso muslo de ciervo. Pan blanco y negro se había distribuido a lo largo de la mesa. Por lo demás, los cubiertos no ofrecían ningún estímulo a los ojos ni al paladar. Los cuchillos eran de hierro y desgastados por el frecuente uso, las pocas cucharas eran de latón y los platos de barro estaban dañados y rotos. Era evidente que allí no se le daba mucho valor a las apariencias de este mundo. Pese a ello, los huéspedes gozaron de una agradable comida. Poco después, Ignacio salió del comedor y el maestro y el discípulo quedaron a solas.
Durante un rato callaron los dos y a menudo don Caetano levantó el vaso de zinc con el fogoso vino de Hungría y lo volvió a dejar en silencio sobre la mesa. Al final ese silencio le resultó opresivo y como el vino ya le calentaba las mejillas, se reclinó con comodidad en la silla y comenzó a contar sus aventuras con enorme satisfacción.
-Quién habría podido pensar que me esperaban tantos honores y tantas distinciones cuando os abandoné hace ocho años en Nápoles, querido Laskaris. He atravesado Francia e Italia, a través de los Pirineos peligrosos senderos me han llevado hasta España, siempre digna de admiración, donde una vez tuvo el sabio Oriente su vanguardia en Europa. Sabemos con qué tesoros de oro y sabiduría contaban los moros y se nos ha transmitido qué grandes maestros investigaron y enseñaron en las escuelas subterráneas el secreto del magisterio. No todas esas escuelas han desaparecido. Os aseguro, Laskaris, que en España nunca ha llegado a perderse el conocimiento de los adeptos. También yo logré encontrar allí el secreto de nuestro arte y desvelar el curso del proceso. Yo –y aquí la voz de don Caetano sonó enigmática, pero superó con cierto ímpetu sus dudas-, yo transformé en Madrid, ante los ojos de las Majestades y de sus Grandes, tanto plata como cobre en oro de ley.
-¡Vamos, venga ya! – Interrumpió Laskaris el arrogante discurso-. ¿Lo hicisteis de verdad?
Lo ojos intranquilos y erráticos del italiano no lograron mantener la mirada del griego. Tragó con fuerza de su vaso y lo posó con violencia en la mesa.
-¿Laskaris, me acusáis de mentiroso? Os lo digo, tengo cientos de testigos. El Príncipe Elector Max Emanuel me llamó a Bruselas porque la fama de mi sabiduría había llegado hasta él. Abandoné España y me recibieron en Bruselas como a un príncipe.
-Os nombró –interrumpió Laskaris con sequedad el nuevo torrente de palabras- comandante de un regimiento, gobernador de su capital, más aún, os nombró incluso Mariscal de Campo. Pero pienso que nada de eso os iba mucho. ¡Hay que reconocer que sois un muy raro santo! Cuando en la campagna de Apulia, en vez del bastón de mariscal, cogíais el de pastor…
El italiano interrumpió con una actitud displicente y un gesto pomposo a su maestro, hizo como si no entendiera la broma: Con una mueca de indiferencia e impasible arrogancia continuó.
-No se les ha concedido a todos mantenerse cuidadosamente en la mediocridad. Mi estrella luce y quién podría atreverse a predecir cuan alto en el cielo aún será capaz de subir.
-Cierto, cierto –se burló el griego a media voz-. Cuando se acabó la tintura que os di para el camino, os quedasteis a dos velas. El Príncipe Elector, por lo que he oído, se puso bastante furioso, pues se trataba de ir sacando semilla a semilla, cuando lo que había querido era recoger cosecha tras cosecha. Quiero decir, don Caetano, que en breve habríais llegado a la cúspide de vuestra carrera si mis mensajeros no os hubieran sacado del apuro en el momento oportuno. Con seguridad hubierais sucumbido tanto vos como vuestra estrella. Tened siempre presente que sigue siendo peligroso el juego con el medidor de leguas.
Con un enojo apenas contenido y mientras se esforzaba por suavizar la expresión de sus rasgos y moderar el tono de su voz, don Caetano, tras otro trago, volvió a hablar:
-No creáis que he olvidado lo que os tengo que agradecer, Laskaris, y precisamente ahora es posible que os necesite con más urgencia que nunca. Pues el emperador Leopold me ha llamado a Viena y yo espero, querido Laskaris, que no me dejéis en la estacada.
El italiano puso con ruda confianza su mano sobre la del griego y le lanzó una mirada al rostro, turbia por el vino y tan descarada como suplicante.
Laskaris se levantó de la mesa y dijo con frialdad y severidad:
-No comprendo lo que me decís. Me pareció entender que queríais descansar unos días en este tranquilo refugio de las consecuencias de vuestro descaro. (…)
El italiano se llevó la mano a su puñal, mientras sus ojos reflejaban ira, odio y miedo.
-Dejadlo donde está –dijo Laskaris con desprecio- y por lo demás, oíd mi última palabra: Tal vez fuerais un buen pastor de cabras, es posible que también seáis un buen bandido, sobre todo cuando veis la espalda de vuestra víctima, pero con toda seguridad sois un miserable alquimista y un traidor a la obra. ¡Don Dominico Manuel Caetano, conde de Ruggiero!
El griego se rió en un tono ofensivo, y esta risa provocó a don Caetano una ira demencial. Sus dientes rechinaron y echó una mirada al burlón que a cualquier otro habría espantado: Laskaris, sin embargo, miró a los ojos al italiano con afable arrogancia y continuó:
-Vuestra forma de sentir y de manifestaros es enteramente digna de ese peligroso entorno y de esas atrevidas relaciones en las que tan bien os encontráis. Renunciad a esa ferocidad aventurera y permitidme que os dé un consejo, si no, no llegaréis nunca a nada: Mirad siempre al hombre con el que tratáis y dirigid según ello vuestro comportamiento. Eso es lo mínimo que os manda la prudencia. Pero es tarde, y el Negro Ignacio ya hará tiempo que ha preparado nuestros aposentos. Venid pues, don Caetano, mientras estéis aquí compartiremos dormitorio, en esta torre no hay otro.
Una vez más miró Laskaris con cierto tono burlón al rostro del peligroso compañero. Tomó una de las velas que ardían en la mesa e iluminó la estrecha escalera a su huésped.
La habitación en la que entraron era octogonal y parecía ocupar la entera superficie de la torre. En el muro había una ventana y a ambos lados se alzaban dos masivas camas cuya estructura era de madera de roble y que a causa de los doseles, que se abombaban sobre ellas, parecían formar cada una por sí misma una habitación independiente. En medio de la habitación colgaba de un gancho del techo una lámpara de plata cuya luz difundía una suave claridad.
Don Caetano arrojó miradas intranquilas a su alrededor cuando en silencio se comenzaron a quitar las capas. Por fin dijo algo inquieto:
-Señor, preferiría dormir en el patio o, mejor, en pleno bosque, antes que en este sitio, cuyas salidas desconozco. Así que si os place…
-¡Oh! –replicó el griego con una sonrisa despreocupada-. Toda nuestra tierra es un lugar cuyas salidas desconocemos. ¡Y uno duerme tan cómodamente en ella! Pero si eso os tranquiliza, os diré que para aventureros que portan en su escudo el peligro, esa ventana ofrece un camino muy cómodo para escabullirse. Se abre fácilmente y desde ella se puede saltar al patio, aunque ya abajo la puerta cerrada y el muro puedan dificultar la salida.
-El muro -dijo don Caetano alargando la palabra con actitud pensativa-… Si no me equivoco, cuando entré en el castillo con la penumbra del crepúsculo, me fijé en que la muralla sólo se alzaba en tres lados. Pero donde está la fuente y los arbustos impiden la vista, el muro parece derruido, de tal modo que desaparece tras los arbustos.
-Así lo parece –dijo Laskaris con sequedad. A continuación sacó de su bolsillo, como por casualidad, una botella ventruda que parecía llena de una rara masa luminosa, y la colocó sobre las prendas de vestir con las que había cubierto un sillón junto a la cama al desvestirse. También Caetano había comenzado a quitarse lentamente la ropa. Mientras lo hacía silbaba en voz baja y hacía como si no prestara atención a su compañero de cuarto. Sin embargo, no se le había escapado ningún movimiento del griego y miró con auténticos ojos de tigre ese enigmático frasco, cuya forma y contenido le eran de sobra conocidos. Poseer esa redoma suponía la quintaesencia de sus deseos más codiciosos, y ninguna impiedad podía detenerle para lograr su posesión si se le ofrecía la posibilidad de ello.
Don Caetano se sentaba al borde de su cama, los pesados cortinajes arrojaban una profunda sombra sobre su figura. Con una torpeza casi ridícula adoptó el falso tono de una untuosa ingenuidad y dijo:
-Y si fuera necesario, pues quién puede saber los extraños acontecimientos que pueden acaecer en la vida, si fuera necesario, digo, que uno de nosotros, aventureros, tuviera que buscar inesperadamente la salida… ¿No es un salto temerario? Pues me parece… Creo recordar que el patio está empedrado con guijarros puntiagudos.
-¡Al diablo, señor! –exclamó Laskaris con impaciencia, mientras se arrojaba en la cama provocando un fuerte crujido-. ¿No veis los gruesos cordones en los cortinajes de la cama? ¡Ya lo sabéis! (…) Y ahora dormid… ¡No me molestéis más!
Laskaris apoyó audiblemente la cabeza en la almohada y tanto la voz como su figura desaparecieron bajo los suaves cobertores de plumas.
El rostro oliváceo del italiano miró tenso y con fijeza a los cortinajes de su cama. Parecía haberse quedado petrificado mientras cavilaba. Por fin también él apagó su vela y se estiró en silencio en su lecho.
Había transcurrido más de una hora cuando el italiano se agitó en la cama. El aventurero se incorporó con precaución y susurró:
-¿No oís nada, señor?
No hubo ninguna respuesta que no fuera el rumor del viento nocturno en el exterior. En el silencio se podía escuchar con claridad la sosegada respiración procedente de la otra cama.
-¿Dormís? –preguntó en voz más alta el italiano, y por tercera vez, con precaución, y en un tono aún más elevado, añadió:
-¿No lo oís, Laskaris?
Pero el griego se dio la vuelta con un murmullo de somnolencia y pronto volvió a emitir la sosegada respiración de un durmiente.
Don Caetano se levantó sin hacer ruido, se acercó a la ventana y la abrió con silenciosa habilidad. Se asomó por ella y miró hacia el oscuro patio. A su mirada penetrante y atenta no se le escapó nada. Era una noche tenebrosa, y ya a poca distancia la oscuridad resultaba impenetrable. Un profundo silencio rodeaba la torre y los muros. Parecía que todo se ajustaba a la descripción de Laskaris. Caetano dejó entornada la ventana, desató el cordón que sujetaba los cortinajes y que pendían del dosel de su cama, regresó a la ventana y ató uno de los cabos en el crucero de la ventana, no sin haber comprobado antes su solidez y resistencia.
A continuación se deslizó en silencio y con la agilidad de un depredador hacia la cama de su compañero de cuarto, comprobó la situación del durmiente con mirada experta, apagó la lámpara que colgaba del techo con un atinado y brusco soplido y lanzó uno, dos, tres golpes bajo el cortinaje en el pecho del durmiente. Caetano estaba seguro de que su hoja jamás fallaba.
Enseguida resonó un gemido en la habitación, al que siguió un silencio sepulcral.
Maledetto! –gritó el italiano en un tono triunfal-. ¡El bandido se ha vengado!
Examinó el puñal en su mano. Estaba húmedo y pegajoso de sangre. En la oscuridad era imposible constatar más y, además, resultaba innecesario. La costumbre y un excelente sentido de la orientación hicieron que sólo tanteara unos segundos antes de encontrar el frasco que, sin dilación, estrechó con ardor contra su pecho y sus labios. Metió el puñal en su vaina, cogió la capa y el sombrero y escapó por la ventana. Con ayuda del cordón alcanzó el patio sin hacer ruido.
Pero apenas habían tocado sus pies el suelo, cuando Markus comenzó a ladrar con furia, y tuvo sólo el tiempo preciso para atravesar el patio a toda prisa, esconderse tras la fuente y con un enérgico salto precipitarse en los arbustos, mientras ya brillaba la llama de una antorcha en la entrada de la torre y el Negro Ignacio se apresuraba a salir con sus ayudantes.