jueves, 17 de marzo de 2011

Sabios y Universidades (01).

Escribo hoy sobre el conocimiento en la época de Feldkirch, intención que ya había anunciado en esta otra entrada, trazando unas líneas generales para todos los PJs y PNJs que quieran nacer al calor del debate, las nuevas ideas y la búsqueda de los secretos de la ciencia, que solemos asociar al Renacimiento. Para ello, dibujemos un mapa de la Universidad, fuente del conocimiento en el XVI y desde siglos antes, que nos servirá también de escenario y ambiente para mover a aquellos personajes.

Eso sí, una nota: Como siempre, este texto se basa en pormenores históricos para intentar diseñar un escenario tridimensional y lógico, pero no ahonda demasiado en asuntos intelectuales que para el Rol no importen directamente, ni las fechas o datos aportados deberían considerarse válidos para aprobar ningún exámen. Advertidos quedáis. Y ahora, nuestros maestros nos esperan...

Las Universidades medievales.
La Universidad se desarrolló en la Edad Media, evolucionando desde los Studium generale, escuelas urbanas organizadas por ciertos importantes obispados. Los maestros se organizaron en gremios que, por zafarse del control de la Iglesia local, pidieron (y finalmente consiguieron) que fuera directamente el Papado quien les otorgara los necesarios permisos, títulos y cualificaciones. Así, la Universitas magistrorum et Scholarium, un gremio o corporación de profesores y estudiantes con caracter más o menos internacional ("universal") fue una realidad.

La escuela de pensamiento común en la enseñanza medieval fue la escolástica, que se basaba en los trabajos de autores clásicos, griegos y romanos, y también de árabes o judíos, pero siempre al cabo supeditando toda esa obra de la razón a la fe cristiana... La tradición, como es normal, cobró una importancia desmesurada en la transmisión del conocimiento. El argumento de autoridad se convirtió en indiscutible. Si tal o cual cosa está en Aristóteles entonces es cierta, independientemente, por así decir, de lo que "vean tus ojos"...

La Universidad en el XVI.
Nosotros llegamos a la aulas en un momento en el que se han operado ciertos cambios, y otros están en marcha. Las materias enseñadas en las universidades medievales, agrupadas en facultades, habían sido las Artes Liberales, el Derecho, la Teología y la Medicina. Las Artes, base del resto de estudios, se habían compuesto de trivium (gramática, dialéctica y retórica) y el quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música). No son pocos los que, como el famoso Erasmo de Rotterdam, rechazan la escolástica como un "callejón sin salida" de refinados sofismas... ¡¡E incluso abominan del latín eclesiástico, por parecerles vulgar y corrupto!! Así que los planes de estudio se transforman y adaptan. El resto de facultades se mantienen, pero a partir de ahora, el escolástico trivium se verá sustituido por los studia humanitatis, que comprenden las lenguas clásicas y su literatura tanto poética como histórica o filosófica, lo que cambiará la forma de aproximarse a los demás asuntos a estudiar.

La escolástica, no obstante, no cae en el olvido, pues está teniendo incluso cierto resurgimiento en lugares como Salamanca o Alcalá. En otros, su rechazo es total, sin demasiadas convivencias ni debates, "pasándose" el claustro entero a las ideas humanistas, como sucede en Viena. Las universidades, pues, se posicionan. Los conflictos religiosos las polarizan, y en el Sacro Imperio se considera prestigioso que den pábulo al protestantismo, resultado a fin de cuentas de las más nuevas disputas teológicas. Algunas son ya enteramente protestantes, y la de Marburg, llamada Philipps-Universität por haberla fundado recientemente (en 1527) Felipe I de Hesse, es la primera que lo es desde su institución.

En los países católicos, por su parte, no hay facultad de teología más prestigiosa que la de París. Quien se ha licenciado de Derecho en Padua es tenido en toda Europa por doctísimo en esa materia, pues en ella son insuperables sus maestros. Y en cuanto a ciencias naturales, no hay mayores expertos, según se dice, que los de Oxford. Sin embargo, importa señalar que los sabios de uno u otro lugar, pudiendo comunicarse entre ellos en latín pasando por encima de los distintos idiomas, conforman un grupo ciertamente "universal", teniéndose los más idealistas por verdaderos ciudadanos de una internacional República de las Letras...

Sobre el Humanismo.
La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí prescriptas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna, te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que Son divinas.
Giovanni Pico della Mirandola, "Discurso sobre la dignidad del hombre", 1486.

Mucho es lo que aquí se está mencionando esa escuela de pensamiento, así que mejor será entrar en ciertas explicaciones.
Sin detenernos en definiciones arduas, podemos decir que el humanista es el sabio que según una nueva tradición italiana pone al hombre, y no a Dios, en el centro de su Universo, teniendo a la naturaleza humana por medida de todas las cosas, máxima ésta extraída de la cultura grecorromana, a la que vuelve la vista tomándola como ejemplo idealizado. A ellos debemos gran parte del agitado signo de estos tiempos, e incluso la palabra rinascita, que ellos usan más bien para referirse a los frutos de sus ideales. No todo universitario es un humanista, como comentábamos, pero no hay humanista que se precie que no posea la más alta educación, y una curiosidad sincera por un orden de conocimiento que sólo puede alcanzarse en la universidad, o al menos partiendo de ella. Platónicamente, los humanistas equiparan Belleza y Bien con el conocimiento, y lo tienen por la más elevada vía de perfeccionamiento humano, así que sienten curiosidad por todas las artes y conocimientos.

Esto que se busca es, desde luego, un ideal, y muy pocos llegan a cumplir con sus propias espectativas. El jugador idealista tiene aquí un elevado partido por el que luchar, y el aficionado a un estilo de juego de debate e ingenio unas armas ideológicas con las que hacerlo. Sus inquietudes pueden llevarle a permanecer en el ambiente académico tanto como a convertirse en consejero o preceptor de algún noble. Tal vez sus avances en materia lingüistica le lleven al desarrollo de códigos secretos aptos para el espionaje o incluso de idiomas enteros (el flamenco Pieter Gillis inventó el idioma de Utopia, el país imaginado por Thomas More en su libro homónimo). Y su dominio de la teoría política puede llevarle a intervenir en la corte o en el gobierno de la república...

  • Algunos prestigiosos académicos humanistas:
Antonio de Nebrija (1441-1522), sevillano.
Johann Reuchlin (1455-1522), württembergiano.
Erasmo de Rotterdam (1466-1536), holandés.
Niccolò Machiavelli (1469-1527), florentino.
Baldassare Castiglione (1476-1529), mantuano.
Thomas Moore (1478-1535), inglés.
Giulio Cesare Scaligero (1484-1558), trentino.
Siegmund Freiherr (barón) von Herberstein (1486-1566), carniolés.
Pietro Alcionio (1487-1527), veneciano.
Juan Luis Vives (1493-1540), valenciano.
Philipp Melanchthon (1497-1560), württembergiano.
Damiao de Góis (1502-1574), portugués.
Pierre de la Ramée (1515-1572), francés.
Aldo Manuzio (1449-1515), y su hijo Paolo (1512-1574), venecianos.

  • Y algunos poetas humanistas:
Jacopo Sanazzaro (1458-1530), napolitano.
Ludovico Ariosto (1474-1533), geminiano.
Juan Boscán (1490-1542), catalán.
François Rabelais (1494-1553), francés.

El filósofo natural.
Con ese nuevo interés humanista por los clásicos en mente, se encuentran respuestas olvidadas en las escuelas platónica, pitagórica o epicúrea. El interés de éstas por las ciencias naturales y la experimentación empírica, mucho tiempo ausente, despierta un nuevo afán por ellas. El átomo resurge como concepto con el que explicar la materia o la percepción, y la certeza de las matemáticas vuelve a aceptarse por algunos como base de la naturaleza y del espacio. La "rebelión" contra la tradición escolástica se hace acusadísima en los nuevos estudiosos de la naturaleza, deseosos de experimentar.

¿No dice Aristóteles que de las cosas del cielo, debido a su gran lejanía, no es posible tratar muy resueltamente? (...) ¿Y no dice también que lo que se demuestra con la experiencia y los sentidos, debe anteponerse a todo razonamiento, aunque éste parezca bien fundado? (...) Así pues, filosofaréis más aristotélicamente diciendo "el cielo es alterable, pues así me lo demuestran los sentidos", que si decís "el cielo es inalterable, porque así lo dice Aristóteles".
Galileo Galilei, "Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo", 1633.

(Por cierto, aunque esta cita sea muy ilustrativa, soy consciente de que es de un siglo más tarde. Desde luego, Copérnico y otros se hallan en su momento, pero su lucha está ahora en marcha y les queda mucho camino por delante si quieren defender sus ideas.)


Sin embargo y curiosamente, el humanismo más idealista mira con cierto desdén la experimentación científica. Los esfuerzos matematizadores habitualmente se ven casi como una distracción a la hora de desentrañar ciertos misterios, y tomar sus resultados como verdad incontestable supone apartar de primer plano otros caminos igualmente clásicos y más probados: A quien, buscando los orígenes últimos de las cosas, no se refiera a la cábala o a la metafísica, los mayores expertos no le terminarán de tomar en serio.